Como Las mil y una noches profusamente publicada en ediciones para niños una vez depuradas de los pasajes con excesiva carga erótica, las fábulas tampoco fueron concebidas para la infancia. Las conocimos con el sabor moralizante de Iriarte y Samaniego. En verdad, estaban destinadas al consumo de adultos y, al igual que las historias de Scherezada, pasaron de una a otra civilización, de un milenio a otro.
Fedro llevó al latín las fábulas del mítico Esopo. Consciente del pragmatismo característico de la civilización romana, escribió un prologuillo para justificar, en términos de utilidad, que los árboles hablaran. El propósito era doble: divertir y aconsejar, seducir para transmitir un mensaje. Puente entre las tradiciones que recorrieron el Mediterráneo desde el Oriente más recóndito, la latinidad permeó las culturas que gestaba la pequeña Europa. La construcción de un imaginario anclado en el sentido común contrarrestaba la seducción ejercida por las palabras engañosas al servicio del más poderoso.
