MSc. Alejandro Ernesto Santamaría Tasende.
El enemigo histórico de la Revolución Cubana no ataca por capricho ni por error. Ataca porque reconoce en Díaz-Canel lo que ha tratado de hundir, por todas las vías y medios posibles, desde 1959: la continuidad de un proyecto que se niega a desaparecer. Pero hay razones concretas que explican por qué el imperialismo y sus aparatos mediáticos han concentrado su fuego en su figura.
En primer lugar, porque representa la continuidad, no la ruptura. Díaz-Canel no llegó a ocupar la presidencia para liquidar la Revolución, sino para continuarla y mantenerla. Es el primer presidente cubano posterior a la Generación Histórica, pero su función no es la de un "reformador" que abre las puertas al capitalismo neoliberal, sino la de un continuador que sostiene el proyecto socialista en condiciones muy adversas. El enemigo lo sabe: atacarlo es atacar la continuidad auténtica de las ideas, el ejemplo y el legado de Fidel y Raúl.
En segundo lugar, porque no se ha vendido. La prueba más elocuente es que no lo alaban. Los grandes medios de comunicación occidentales no lo llaman "pragmático" ni "moderado". Los centros de poder de Washington no lo celebran. Las transnacionales no aplauden sus gestos. Esa ausencia de elogio enemigo es, en la lógica leninista, una confirmación: no ha sido cooptado. Si se hubiera desviado, ya estaría recibiendo elogios. No los recibe porque no ha cedido en lo esencial.
En tercer lugar, porque Díaz-Canel ha llevado la denuncia del #BloqueoCriminal a foros internacionales, ha defendido la soberanía nacional frente a las presiones, ha sostenido la condena al genocidio del imperialismo yankee en Naciones Unidas y en espacios multilaterales. Esa voz digna, tenaz y desafiante, multiplicada por la diplomacia cubana, sigue siendo un problema para Washington. El enemigo ataca a quien lo denuncia.
En cuarto lugar, porque encarna la resistencia en tiempos difíciles. Dirigir Cuba en el momento actual —crisis económica global, bloqueo recrudecido, tensiones, guerra energética y mediática —exige una firmeza que el enemigo no puede tolerar. Díaz-Canel no es un líder de tiempos fáciles, y precisamente por eso su figura se mide con la vara de la resistencia. El enemigo lo ataca porque no ha logrado quebrar esa resistencia.
En quinto lugar, porque es el símbolo de que otro mundo es posible. #Cuba sigue siendo el ejemplo incómodo. Un país pequeño, bloqueado, que se niega a restaurar el capitalismo, que sostiene la salud pública, la educación y la solidaridad internacional como principios. Mientras exista, existirá la prueba de que el socialismo no es una utopía del pasado, sino una posibilidad del presente y el futuro.
En sexto lugar, porque su figura incomoda más de lo que esperaban. Con Fidel y Raúl, el enemigo ya sabía a qué atenerse: son los fundadores, los líderes históricos.Con Díaz-Canel, en cambio, el imperialismo yankee creyó que encontraría un dirigente más maleable, más dispuesto a ceder, más permeable a las presiones. Se equivocó. Y esa equivocación explica en parte la virulencia de los ataques: hay frustración en el enemigo. Esperaba otra cosa y encontró la más excelsa firmeza ideológica.
En séptimo lugar, porque Díaz-Canel no ha permitido -bajo ningún concepto-, que en las transformaciones económicas y sociales que se llevan a cabo, se altere o se dañe, en lo más mínimo, la estructura del sistema político cubano.
En resumen, el enemigo ataca a Díaz-Canel porque no traiciona el #LegadoDeFidel, porque ha mantenido la más enérgica denuncia internacional con dignidad y valentía, porque encarna la resistencia en tiempos más difíciles y dolorosos, porque encarna la filosofía fidelista de: "Más médicos y no bombas". En términos leninistas: el enemigo lo ataca porque va por el camino correcto. El día que lo alaben, habrá que preocuparse. Ese día no llegará...