Cuba: Medio siglo de terrorismo impune

"Pusimos la bomba, ¿y qué?". Así confesó a viva voz Hernán Ricardo Lozano, un reportero gráfico venezolano, su participación directa en el atentado terrorista contra un vuelo comercial de Cubana de Aviación que le costó la vida a 73 personas –48 pasajeros y 25 tripulantes– que cubría la ruta entre Georgetown, en la República Cooperativa de Guyana, y La Habana, Cuba, la tarde del 6 de octubre de 1976.

De acuerdo con el reporte oficial de víctimas proporcionado por las autoridades cubanas, en la acción fallecieron 57 cubanos –entre ellos los 24 integrantes del equipo juvenil de esgrima que acababa de coronarse campeón Centroamericano y del Caribe en una justa celebrada en Caracas, Venezuela–, 11 guyaneses (en su mayoría, jóvenes estudiantes de medicina) y delegados oficiales del Gobierno de Pyongyang.

Aunque el destino final de la aeronave era la capital cubana, el vuelo contemplaba escalas en las islas de Trinidad, Barbados y Jamaica. De esa ruta, los pilotos solo lograron aterrizar en Puerto España y Bridgetown, donde poco después del despegue hacia Kingston —a las 17:24, hora local— y para horror del personal y los pasajeros, una bomba estalló a 10.000 pies de altura, desatando una emergencia a bordo.

El capitán Wilfredo 'Felo' Pérez Pérez notificó el incidente a la torre de control del aeropuerto barbadense de Seawell. "¡Cuidado!", gritó Pérez Pérez. Su copiloto, Miguel Espinoza Cabrera replicó: "Felo, fue una una explosión en la cabina de pasajeros y hay fuego". Cuando trataban de regresar hacia el aeropuerto de Seawell, se produjo otra en los baños traseros del avión. Habían pasado unos siete minutos del primer estallido y no hubo nada que hacer: la aeronave entró en barrena y se estrelló sin remedio.

El atentado causó enorme conmoción, al considerarse el peor acto terrorista registrado en la región. Luego saldría a la luz una trama que implicó al terrorismo anticubano más radical, a la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA) y a los servicios de Inteligencia de Venezuela, país que era tenido como una 'democracia modélica', mientras el resto del continente era dominado por botas militares impuestas a sangre y fuego.

Los agentes del plan

El atentado fue planificado por Luis Posada Carriles y Orlando Bosh, dos resaltantes agentes cubanos, anticomunistas, incorporados a las filas de la CIA desde el triunfo mismo de la Revolución cubana y con un amplio historial de comprobadas participaciones en acciones destinadas a derrocar al Gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro o para socavar cualquier iniciativa calificada por la Agencia estadounidense como potencialmente peligrosa o revolucionaria.

También figuró el nombre del estadounidense Michael Townley, una de las cabezas de la inteligencia chilena bajo la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Posada Carriles fungió como asesor de seguridad de distintos gobiernos anticomunistas en América Latina y recaló en Venezuela a finales de la década de 1960, donde dispuso de un amplio rango de acción dentro de los servicios de inteligencia. Allí se incorporó a las filas de la Dirección General de Policía (Digepol), donde fue conocido bajo los alias de 'Comisario Basilio' o 'Bambi'.

Su enlace era Carlos Andrés Pérez, por entonces ministro de Interior y luego presidente (1974-1979) venezolano. Para hacer posible tal vuelco, su imagen pública, construida con una poderosa campaña de marketing que lo presentó como una figura de la izquierda política popular, dejó convenientemente enterrado su pasado reciente como figura clave en la represión anticomunista continental.

De su parte, Bosh fue líder de las fuerzas antirrevolucionarias en la 'Lucha contra bandidos' emprendida por los revolucionarios en la región cubana de Escambray, entre 1960 y 1966, así como en distintos actos de sabotaje en diversos países latinoamericanos y caribeños. Su nombre también se asocia al Plan Cóndor y al atentado que en septiembre de 1976 segó la vida del exministro de Defensa chileno Orlando Letelier, personalidad clave dentro del malogrado Gobierno socialista de Salvador Allende y líder de la oposición chilena en el exilio.  

Bosh arribó a Venezuela bajo el amparo del presidente Pérez en 1976. Ya junto con Posada, los dos terroristas reclutaron a los reporteros gráficos Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, dos agentes encubiertos de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención —Disip, sucesora de la Digepol— que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero. A ellos les giraron instrucciones precisas de cómo pondrían los explosivos (C4 o dinamita) a bordo del avión, cómo debían abordar y desembarcar para no llamar la atención y qué versión tenían que ofrecer a las autoridades.


Luis Posada Carriles (i) y Orlando Bosh, autores intelectuales del atentado terrorista contra el avión de Cubana de Aviación.
wikimedia

Así, los dos reporteros subieron tranquilamente al avión, pusieron las bombas y bajaron en la primera escala. Minutos después se supo del fatal estallido.

Para despecho de Bosh y Posada Carriles, aunque sí se produjo la tragedia aérea que deliberadamente planearon, la investigación policial condujo rápidamente a la Policía hacia Lugo y Lozano. Este último llamó la atención de las autoridades al abordar la aeronave con un pasaporte falso, a nombre de José Vásquez García, y de allí todo se desmoronó.

Al tirar de la madeja, se hizo evidente que si bien ellos habían actuado como perpetradores materiales, no planificaron el atentado, sino que había sido obra del 'Comisario Basilio' y su socio. La evidencia y la presión de La Habana obligaron a Pérez y al Estado venezolano a actuar conforme a derecho y a imputarlos por su implicación en el atentado terrorista.

Se les encarceló en el Cuartel San Carlos, una conocida prisión militar que por aquel entonces albergaba en sus muros a disidentes y presos políticos, principalmente de la izquierda revolucionaria. Luego, en plan de averiguar, hasta allí fue a dar la periodista Alicia Herrera, compañera de labores de los dos fotoperiodistas.

El detonante de la verdad

A finales de la década de 1970, Herrera trabajaba en dos revistas femeninas propiedad del conglomerado privado de medios de comunicación Cadena Capriles. No estaba involucrada en política y acudió a ese recinto militar en solidaridad hacia sus compañeros, pues los creía inocentes, víctimas de un error policial. No obstante, tras varias visitas, no solo se dio cuenta de que los habían acusado con motivos, sino que esas personas no estaban arrepentidas del crimen que habían perpetrado.

De lo primero en lo que reparó la reportera en sus incursiones al Cuartel San Carlos fue que Lugo y Lozano eran lugartenientes de Posada Carriles y Bosh. "Lugo hacía todo cuanto Bosch le ordenaba. En la vida diaria de la celda, e incluso en sus gustos personales, el cubano influía notablemente", se lee en su escrito.

Espantada, decidió denunciar el hecho a través de un reportaje que luego se convirtió en libro, bajo el título '¿Pusimos la bomba, ¿y qué?', que vio luz por vez primera en 1981. La tercera edición, aparecida en 2005, contiene documentos desclasificados que dejan claro, más allá de cualquier duda razonable, la veracidad de los testimonios que ella recolectó, y la implicación directa de todas las personas y entidades que figuran en su texto. 

"Un sábado llegué al Cuartel San Carlos y encontré a Freddy Lugo muy descompuesto, muy bravo (disgustado), y le pregunté a qué se debía su actitud y me dijo: 'No, es que ayer Hernán Ricardo hizo una cosa horrible, gritó en el patio de ejercicios, donde estábamos todos, donde estaban los guardias y estaban muchos presos, que nosotros habíamos puesto la bomba en el avión cubano, eso delante todo el mundo, eso nos perjudicaba a todos, todos queríamos matarlo'", relató años más tarde Herrera en una entrevista con Radio Rebelde. 

Aquello la alertó y, aunque asustada, la reportera no retrocedió y se dispuso a desenterrar la verdad, amparándose en que Lugo era su amigo cercano y, además, estaba contrariado por el trato que se le dio y por las promesas incumplidas de la CIA, que le había ofrecido un pago que nunca llegó. Lugo también implicó directamente a la inteligencia venezolana, específicamente al comisario Henry López Sisco, cuyo nombre se asocia en Venezuela a numerosas operaciones que resultaron en masacres y violaciones masivas de derechos humanos.

La espeluznante confesión

De acuerdo con sus palabras, la sobrecogió "la facilidad con la cual Freddy Lugo" se "reveló definitivamente como culpable del crimen de Barbados". "Yo nunca pensé que esta confesión surgiera tan frontal, de una manera tan detallada. En realidad, yo estaba esperando ansiosamente que él o Bosch hicieran alguna referencia al caso del avión, pero la frialdad de Freddy Lugo me permitía ahora profundizar más en la verdad", sostuvo.

Lugo le contó sin tapujos todo cuanto habían hecho para colocar los explosivos. La periodista refirió que Lugo culpaba a Lozano por lo sucedido. Según él, Hernán se aprestó a confesar todo ya en Trinidad y Tobago, donde ambos desembarcaron del avión tras cumplir su misión. "Él es el culpable, en el avión mismo se comportó como un irresponsable. Se le podía ver lo nervioso que estaba porque él suda mucho, se le veía acalorado y no hallaba qué hacer con las manos, pasó un buen rato tapándose la cara con un periódico", dijo entonces.


Henry López Sisco, expolicía y exagente de inteligencia de 
Venezuela implicado en masacres y violaciones a los derechos humanos.
Youtube / Luis Olavarrieta

En contraste, se presentó a sí mismo como alguien más capaz que su compañero, pese a que carecía de la experiencia de aquel. "Sabía lo que tenía que hacer, la cuestión era no salirse de las recomendaciones. Tenía mi maletín con las cámaras ahí, al ladito mío", apuntó.

El día de los hechos, afirmó Lugo, Hernán Lozano estaba "muy agitado" y dijo que iría al baño. Llevaba el paquete con los explosivos en el bolsillo para, de conformidad con las instrucciones que recibieran de Bosh y Posada Carriles, colocararlos en el sitio elegido. No obstante, el ejecutor se tardó más de la cuenta y Freddy pensó que el plan se había ido a pique. Resultó que Hernán había quedado atrapado en el minúsculo sanitario y llamó la atención de la tripulación con los golpes que le propinó a la puerta. Tuvo que ser rescatado por el piloto del avión.

"Aquello fue un espectáculo, todo el mundo volteó a mirarlo. Cuando se sentó al lado mío, me di cuenta de que no traía el paquete que se había llevado en el bolsillo, y entonces le pregunto y me dice que después me da más detalles, pero que 'aquello ya está listo'. Todo estaba dispuesto para que saliera perfecto, se trataba de acabar con esos malditos comunistas, pero claro, Hernán con ese pasaporte falso y otra cantidad de errores, echó a perder el programa", abundó.

Más allá de la versión de Lugo, Herrera escribió en su libro declaraciones de Bosh, quien, celoso de Huber Matos, un exdirigente revolucionario cubano que traicionó a sus camaradas y fue recibido con honores en suelo venezolano, dijo a voz en cuello que el propio Matos no era capaz de derribar un avión como él sí había sido capaz de hacerlo y como seguiría haciéndolo.  


                                                             Luis Posada Carriles (i) en sus últimos años.
Joe Raedle / Gettyimages.ru

El testimonio de Bosh, en el que admitía sin rubores ser un terrorista irredento, representó un punto de inflexión para Herrera: no bastaba con una crónica o reportaje de denuncia, aquello merecía un libro. De otra parte, eso la hizo comprender que tenía que irse de Venezuela. El largo brazo de la Disip, involucrada directamente en el atentado y con grueso historial de persecuciones a todo aquello que oliera lejanamente a izquierda, era demasiado peligroso como para permanecer a su alcance.

Así las cosas, se fue a México, donde alcanzó a publicar su trabajo, que además fue editado en Cuba y en Nicaragua. En su natal Venezuela, la Disip trató de vetarlo, pero el editor Manuel Vadell, militante izquierdista de toda la vida, se arriesgó a la cárcel y a la persecución y lanzó a la calle la revelación periodística, que rápidamente comenzó a circular entre la gente.

No hubo modo de acallar la verdad, pero eso no significó que hubiera justicia o reparación para las víctimas del cruento hecho criminal.

La impunidad

Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano fueron condenados por la Justicia venezolana a 20 años de cárcel por el crimen de Barbados. Desaparecieron completamente del ojo público y solo trascendió que, a diferencia de los autores intelectuales, ellos sí purgaron su pena por el delito cometido.

Bosh logró evadir la sentencia definitiva luego de que sus abogados consiguieran su absolución, en 1980, por "defectos técnicos" relacionados con la presentación y compilación de evidencias en su contra por parte de la Fiscalía. De allí regresó a Miami, EE.UU., donde tras un breve período entre rejas vinculado a un proceso anterior, vivió hasta su muerte en 2011, a la edad de 84 años, sin que se hiciera efectiva ninguna de las solicitudes de extradición que interpusieron distintos gobiernos de la región –no solo el cubano– para procesarle por sus numerosos delitos.

El periplo de Posada Carriles fue más complejo. Tras varios intentos de fuga, uno de los cuales lo condujo a la Embajada chilena en Caracas, logró evadirse definitivamente de la Penitenciaría General de Venezuela en agosto de 1985. Permaneció escondido en la capital venezolana unos 15 días y desde allí partió a la vecina Aruba, a bordo de un barco camaronero.

Sin mayor impedimento, arribó a Costa Rica y luego a El Salvador, donde fue una de las piezas de EE.UU. para la guerra de baja intensidad desatada contra el Gobierno sandinista de Nicaragua. Al ser descubierto, migró a Guatemala. En la década siguiente, se movió clandestinamente entre los territorios guatemalteco y salvadoreño, países para entonces inmersos en sangrientas guerras civiles.

En 1997, su nombre encabezó nuevos titulares, cuando apareció como planificador de una serie de atentados terroristas con explosivos perpetrados contra varios hoteles en la zona turística de La Habana. Los ejecutores fueron capturados por las autoridades cubanas y, como en su día lo hicieran Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, detallaron cómo Posada Carriles les explicó la manera en la que debían manipular el C-4.

Tres años más tarde, Posada Carriles fue detenido en Panamá por planear un atentado magnicida contra el líder revolucionario Fidel Castro durante una cumbre que se celebraría en la ciudad homónima. Fue enjuiciado por esa causa, pero recibió posteriormente un indulto de la presidenta Mireya Moscoso y volvió a EE.UU., donde fue apresado por ingresar irregularmente desde México.

Ya para entonces pesaban sobre él sendas solicitudes de extradición interpuestas ante Washington por los gobiernos de Cuba y Venezuela en razón de su autoría en el atentado terrorista de 1976. Pese a los esfuerzos de Caracas y La Habana, las autoridades estadounidenses se negaron a dar el visto bueno y Posada Carriles murió anciano, en su cama, en mayo de 2018. Tenía 90 años.

Las 95 Nuevas Sanciones con que EE.UU. AHOGA a Cuba en 2026


Norelys Morales Aguilera.
- Hay una cifra que permite dimensionar la intensidad de la política de sanciones de Estados Unidos contra Cuba durante 2026.

Entre mayo y septiembre de este año, Estados Unidos designó 95 personas y entidades vinculadas a Cuba: 33 individuos y 62 organizaciones, empresas e instituciones.

No se trata simplemente de una lista de nombres.

Cada designación implica restricciones financieras, bloqueo de activos bajo jurisdicción estadounidense y limitaciones para realizar determinadas transacciones. Y, en muchos casos, sus efectos pueden extenderse a terceros que mantengan relaciones comerciales o financieras con los sancionados.

Las medidas se produjeron en once rondas de nuevas designaciones y estuvieron acompañadas por una ampliación del marco jurídico de las sanciones contra Cuba.

Un elemento particularmente importante ocurrió en mayo, cuando la administración de Donald Trump estableció una nueva autoridad ejecutiva dirigida contra determinadas actividades y sectores vinculados a Cuba.

Después llegaron nuevas rondas de sanciones en junio, julio, agosto y septiembre.

Personas. Empresas. Entidades estatales. Estructuras económicas y financieras.

El resultado acumulado son 95 nuevas designaciones en apenas cinco meses.

Y aquí aparece una cuestión que va más allá de la cifra.

¿Qué significa, en la práctica, que una política exterior utilice cada vez con mayor frecuencia las sanciones económicas como instrumento de presión?

Porque las sanciones no permanecen necesariamente dentro de las fronteras de Estados Unidos. Cuando afectan bancos, empresas, proveedores, aseguradoras o instituciones que tienen relaciones con Cuba, pueden producir un efecto mucho más amplio.

Por eso, detrás de una lista de 95 nombres y entidades hay también una discusión sobre comercio, finanzas, energía, inversión y, finalmente, sobre la capacidad de un país para desenvolverse en la economía internacional.

Cuba enfrenta así una presión económica que durante 2026 no solamente se mantuvo, sino que incorporó nuevos mecanismos y nuevos objetivos.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar una política de sanciones cuando su propósito declarado es modificar la conducta de un Estado?

Y hay otra pregunta, todavía más cercana a la vida cotidiana: ¿cuánto de esas decisiones termina repercutiendo sobre la economía y sobre la población cubana?

Son preguntas que requieren mirar más allá de los comunicados oficiales.

Porque detrás de cada sanción hay una medida jurídica, pero también una consecuencia económica.

Y detrás de las cifras hay personas.

Noventa y cinco nuevas designaciones.

Treinta y tres individuos.

Sesenta y dos entidades.

Una cifra que merece ser analizada, no solamente contabilizada.

CUBA: La amenaza cambia, el asedio permanece

Un día amenaza con una operación militar contra Cuba; al siguiente, Donald Trump habla de un «acuerdo» prácticamente cerrado; al otro, vuelve a colocar sobre la mesa la amenaza de las bombas.

La política de Washington hacia Cuba parece haberse convertido en un vaivén permanente. Cambian las palabras, cambian los titulares, cambian las señales, pero hay algo que permanece: la presión sobre el pueblo cubano.

Para la Casa Blanca, Cuba sigue apareciendo menos como un Estado soberano que como una pieza de negociación. Una carta que se coloca sobre la mesa, se retira o se vuelve a jugar según las circunstancias políticas del momento.

No parece existir una política coherente más allá de la presión sostenida: bloqueo, sanciones, amenazas y nuevas formas de asfixia económica. Una política que, aunque se presente como dirigida contra el Gobierno cubano, termina repercutiendo directamente sobre la vida cotidiana de millones de personas.

Y ahí aparece una de las mayores contradicciones del discurso estadounidense.

Se afirma que todas estas medidas se adoptan «por el bien del pueblo cubano». Pero ese mismo pueblo es quien soporta las consecuencias de las restricciones económicas, la falta de combustible, los apagones y las dificultades para acceder a bienes esenciales.

Primero se estrangula la economía y después se utilizan las carencias provocadas o agravadas por esas medidas como argumento para demostrar que el sistema cubano no funciona.

El mecanismo no es nuevo.

Mientras el presidente estadounidense oscila entre las bombas y el supuesto acuerdo, Cuba sigue viviendo su realidad concreta. Una realidad que no cabe en los titulares de Washington ni en las declaraciones de sus funcionarios.

Hay una población que enfrenta apagones, escasez y dificultades materiales, pero que también conserva una memoria histórica: la de un país que ha vivido durante décadas bajo una política de hostilidad estadounidense y que ha sobrevivido a sucesivas administraciones, amenazas, sanciones y episodios de máxima tensión.

Por eso conviene mirar más allá del espectáculo político.

¿Hay realmente una estrategia hacia Cuba o asistimos a una sucesión de presiones, amenazas y posibles negociaciones condicionadas por el momento político?

La pregunta sigue abierta.

Lo que sí resulta evidente es que el pueblo cubano no puede ser tratado como una variable de cambio en una negociación entre gobiernos. No es un titular, una ficha diplomática ni un argumento para justificar una política de presión.

Es un pueblo.

Y mientras en Washington se habla de bombas, acuerdos y ultimátums, ese pueblo continúa enfrentando su realidad y resistiendo.

Cuba ya ha visto pasar a 15 presidentes estadounidenses.

Ha conocido amenazas, sanciones, invasiones, operaciones encubiertas, períodos de tensión y también momentos de acercamiento diplomático.

Los presidentes pasan. Las políticas cambian de nombre. Los discursos se contradicen.

Pero Cuba permanece.

Y quizá esa sea la parte de la historia que más incomoda a quienes siguen pensando que la isla puede ser tratada como una pieza desechable del tablero geopolítico.

La amenaza puede cambiar de forma. La soberanía de Cuba, no.

(De post de CubaXSiempre)

Cumbre en la Casa Blanca: Trump y Xi Jinping sellan una "competencia cordial" (+ foto opinión)


El presidente estadounidense Donald Trump recibió este jueves 24 de septiembre de 2026 a su homólogo chino, Xi Jinping
, en lo que representa la primera visita de Estado del mandatario asiático a Washington en más de una década. El encuentro de alto nivel en la Casa Blanca estuvo marcado por un despliegue protocolar histórico, gestos de cordialidad y discusiones sobre temas críticos de la agenda geopolítica y económica mundial.
🛬 Una recepción histórica y con máxima pompa
  • Recibimiento a pie de avión: Donald Trump recibió personalmente a Xi Jinping al bajar del avión en la Base Conjunta Andrews. Este hecho es altamente inusual, ya que un presidente de EE. UU. no recibía en la pista a un líder extranjero desde 1962.
  • Honores militares: La bienvenida incluyó alfombra roja, la interpretación de los himnos nacionales, una formación militar de gala y el sobrevuelo de bombarderos estratégicos B-1.
  • En la Casa Blanca: Xi Jinping y su esposa, Peng Liyuan, fueron acogidos formalmente por Trump y la primera dama, Melania Trump, en la residencia presidencial antes de iniciar las sesiones de trabajo y concluir la jornada con una cena de Estado. Trump se refirió al mandatario chino como su "amigo" y destacó la construcción de una relación de "gran amistad".
📈 Claves de la agenda y acuerdos económicos
  • Prórroga de la tregua comercial: Como antesala de la cumbre, ambas potencias acordaron extender hasta el 10 de enero de 2027 la tregua comercial que originalmente vencía en noviembre, garantizando estabilidad temporal en la aplicación de aranceles.
  • Inteligencia Artificial (IA): En sus discursos iniciales desde el gran vestíbulo de la Casa Blanca, ambos líderes subrayaron la importancia crucial de abordar conjuntamente el desarrollo y la regulación de la IA.
  • Geopolítica y seguridad: Las conversaciones abarcaron la postura frente al conflicto entre EE. UU. e Irán, así como la competencia tecnológica y el suministro de tierras raras.
  • Diplomacia de los pandas: Xi Jinping anunció un gesto de buena voluntad con el envío de dos pandas gigantes al zoológico de Atlanta en los próximos días, llamándolos un histórico "enviado de amistad".
⚠️ Líneas rojas y diferencias de fondo
A pesar del tono amable y la "competencia cordial" exhibida ante las cámaras, persistieron profundas divergencias estratégicas:
  • El reclamo por Taiwán: Xi Jinping enfatizó que Taiwán constituye una línea roja innegociable para Pekín y urgió formalmente a la administración Trump a oponerse activamente a la independencia de la isla.
  • Postura sobria: Mientras Trump calificó los encuentros como una "buena reunión", el liderazgo de Pekín mantuvo un discurso enfocado en la "coexistencia pacífica" y en evitar a toda costa cruzar la línea del conflicto abierto entre las dos economías más grandes del mundo.
Elaborado con IA