Editorial del diario La Jornada de Mèxico
El secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, aseguró el miércoles que los problemas económicos de Cuba se deben a la incapacidad de sus gobernantes y a que “la riqueza en Cuba está controlada por una empresa propiedad de generales militares que se quedan con todo el dinero”. Además de la absoluta falta de pruebas con que profirió dichas afirmaciones, las mismas son llanamente absurdas: decir que la administración castrense equivale a la propiedad de los mandos sobre la empresa es lo mismo que equiparar a un gerente con el dueño de una compañía. Rubio, descendiente de cubanos y uno de los más feroces promotores en Washington de la intromisión desestabilizadora de la isla, miente con descaro acerca de todo lo relacionado con La Habana: hace poco aseguró que Estados Unidos no impide de ninguna manera las compras cubanas de petróleo, pese a la intensa difusión que la Casa Blanca ha dado a las persecuciones contra los buques que trataron de aliviar la aguda crisis energética.
Por otra parte, ayer el gobierno cubano y el medio estadunidense Axios informaron que el director de la Agencia Central de Inteligencia, John Ratcliffe, visitó la isla y sostuvo reuniones con Raúl Rodríguez Castro (nieto del ex presidente Raúl Castro), así como con el ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, entre otros funcionarios. De acuerdo con un comunicado de La Habana, se hizo patente “el interés de ambas partes en desarrollar la cooperación bilateral entre los órganos de aplicación y cumplimiento de la ley, en función de la seguridad de ambas naciones, regional e internacional”. Según Axios, Ratcliffe transmitió un mensaje del presidente Donald Trump señalando que Washington está dispuesto a abordar asuntos económicos y de seguridad “si Cuba realiza cambios fundamentales”.
Es notorio el contraste entre el sadismo y la mendacidad de Rubio, y la buena disposición del gobierno encabezado por Miguel Díaz-Canel para recibir al titular de un organismo que desde hace más de 60 años ejecuta sabotajes, actos terroristas, operaciones subversivas, desinformación y múltiples tentativas de magnicidio contra el pueblo cubano y sus líderes. También queda al descubierto la contradicción del trumpismo, que con una mano quiere aniquilar a las autoridades de la isla –así sea matando de hambre a buena parte de la población– y con la otra reconoce su legitimidad al entablar conversaciones de alto nivel con ellas.
Frente a la barbarie del imperio y el anticastrismo trasnochado de Miami, Cuba muestra la coherencia de un país que no constituye una amenaza para nadie ni es origen de conflictos, sino que pone todo su empeño en llegar a entendimientos con sus agresores sin renunciar a su soberanía y dignidad. No parece probable que los funcionarios del trumpismo entiendan la entereza del pueblo cubano ni que respeten principios elementales como la autodeterminación de los pueblos, pero cabe desear que las pláticas en curso les hagan ver que no conseguirán sus objetivos, sin importar cuánto dolor inflijan en el camino.


