Cuba: ¿Rubio ideología o poder?

Norelys Morales Aguilera.— Marco Rubio tiene a Cuba en el centro de su discurso político. Pero ¿se trata únicamente de una confrontación ideológica con la Isla o también de una estrategia relacionada con sus propias aspiraciones de poder en Estados Unidos?

La pregunta merece atención, porque la política hacia Cuba no se desarrolla en el vacío. También forma parte de las disputas internas de la política estadounidense, donde el anticomunismo continúa siendo una herramienta de movilización electoral.

Desde su llegada a la Secretaría de Estado, Rubio ha mantenido una línea de especial dureza contra el Gobierno cubano. Su discurso presenta a Cuba como una amenaza para la seguridad estadounidense y vincula a la Isla con actividades de espionaje, subversión y apoyo a fuerzas consideradas adversarias por Washington.

El problema aparece cuando las acusaciones políticas se presentan como verdades demostradas sin distinguir entre hechos documentados, interpretaciones y afirmaciones que requieren pruebas.

En julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un extenso informe dedicado a presentar a Cuba como un centro internacional del comunismo y de la actividad subversiva. El documento reconstruye episodios históricos y los conecta con las preocupaciones actuales de Washington.

La cuestión no es negar que entre ambos países existan conflictos reales ni que sus gobiernos mantengan profundas diferencias. Se trata de examinar cómo se construye el relato oficial, qué hechos se seleccionan y cuáles quedan fuera de la narración.

Porque la propaganda política no siempre consiste en inventar una historia de principio a fin. También puede funcionar mediante la selección interesada de acontecimientos, la repetición de determinadas acusaciones y la presentación de interpretaciones políticas como si fueran conclusiones indiscutibles.

En este caso, Cuba aparece retratada simultáneamente como un país debilitado, al borde del colapso, y como una amenaza extraordinariamente poderosa, capaz de influir en la política y la sociedad estadounidenses.

La contradicción es evidente. Si Cuba carece de recursos y atraviesa una profunda crisis económica, ¿cómo se explica que sea presentada al mismo tiempo como una potencia capaz de amenazar la seguridad de Estados Unidos?

La respuesta está, en parte, en la utilidad política de ambas imágenes. Una Cuba supuestamente frágil sirve para defender la idea de que las sanciones están debilitando al Gobierno cubano. Una Cuba presentada como una amenaza permite justificar nuevas medidas de presión y alimentar el temor entre determinados sectores de la opinión pública.

Y aquí aparece otro elemento fundamental: la política interna estadounidense.

Rubio conoce bien el peso electoral de la comunidad cubanoamericana, particularmente en Florida, y la importancia que la confrontación con Cuba tiene para determinados sectores conservadores. Una posición de máxima dureza puede reforzar su imagen entre esos grupos y consolidar una base política que podría resultar decisiva en futuras disputas electorales.

Las elecciones presidenciales de 2028 forman parte de ese horizonte. Aunque una eventual candidatura no debe confundirse con una decisión oficialmente confirmada, las aspiraciones presidenciales atribuidas a Rubio ayudan a entender por qué Cuba ocupa un lugar tan visible en su discurso.

La confrontación con La Habana le permite proyectar una imagen de firmeza, defender su credencial anticomunista y presentarse ante sectores de la derecha estadounidense como un dirigente dispuesto a llevar esa política hasta sus últimas consecuencias.

Pero hay una diferencia importante entre obtener beneficios políticos de una confrontación y resolver los problemas que esa confrontación dice combatir.

Las sanciones económicas afectan las posibilidades de funcionamiento de la economía cubana y repercuten en la vida cotidiana de la población. Al mismo tiempo, Washington presenta esas medidas como instrumentos para provocar cambios políticos en la Isla.

La pregunta es cuánto de esta política responde a una evaluación objetiva de sus resultados y cuánto a la necesidad de mantener una narrativa de enfrentamiento.

También importa observar el papel de los medios y las redes sociales. La repetición de mensajes, las declaraciones oficiales y la difusión de acusaciones pueden crear la impresión de que existe un consenso amplio, incluso cuando muchas afirmaciones necesitan ser examinadas con mayor rigor.

En ese escenario, el periodismo tiene una responsabilidad esencial: contrastar las declaraciones, identificar los intereses que hay detrás de los mensajes y separar los hechos comprobables de la propaganda.

Cuba no debe analizarse únicamente a través de lo que dicen sus adversarios, del mismo modo que las decisiones de Washington no pueden explicarse solo mediante sus declaraciones oficiales. Hace falta mirar los intereses económicos, las relaciones de poder y las consecuencias concretas de cada decisión.

Al final, la cuestión va más allá de Marco Rubio y de sus posibles aspiraciones presidenciales.

Se trata de comprender cómo un conflicto internacional puede convertirse también en un instrumento de la política interna de una gran potencia. Y cómo una nación pequeña puede ser utilizada como símbolo, amenaza o bandera electoral, según las necesidades del momento.

Porque cuando la política exterior se convierte en plataforma de promoción personal, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿quién obtiene los beneficios políticos de la confrontación y quién termina pagando sus consecuencias?

En el caso de Cuba, esa pregunta tiene una dimensión humana que no debería perderse de vista. Detrás de los discursos, las sanciones y las disputas electorales hay millones de personas cuya vida cotidiana depende, en buena medida, de decisiones tomadas muy lejos de sus hogares.

Y comprender esa realidad es el primer paso para mirar más allá de la propaganda.

Diaz-Canel a la FAO

El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, resaltó este lunes la firmeza del pueblo cubano y manifestó que la isla ha asumido cada desafío como una oportunidad para avanzar en las transformaciones que ha estado haciendo.

"Cuba ha optado por actuar asumiendo cada desafío como una oportunidad para acelerar transformaciones estructurales que fortalezcan nuestra resiliencia", expresó el gobernante durante su intervención en la jornada inaugural del Foro Mundial de la Alimentación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

El mandatario detalló que la isla está impulsando cambios profundos para transformar los sistemas alimentarios, fortalecer la producción nacional de alimentos y ampliar el desarrollo territorial y la innovación.

Esto en medio de desafíos globales como conflictos armados, los efectos del cambio climático, las crisis económicas recurrentes y las tensiones geopolíticas, que en el caso de Cuba se suman a los efectos acumulados de más de seis décadas de bloqueo económico, comercial y financiero por parte de EE.UU., así como el cerco energético impuesto desde enero pasado también por Washington.

"Pocas naciones enfrentan retos tan complejos, persistiendo en el empeño de seguir avanzando, aún bajo condiciones extraordinariamente adversas", señaló.

Agradecimiento a la FAO

En su discurso, Díaz-Canel agradeció a la FAO por el acompañamiento en los esfuerzos por impulsar cambios profundos en la isla, "al movilizar casi 100 millones de dólares en apoyo a los desafíos nacionales".

"Reconocemos igualmente el respaldo de la FAO para la incorporación de nuestro país a la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza, una plataforma que abre oportunidades para movilizar recursos, compartir conocimientos y construir alianzas", manifestó.

Indicó que como parte de esa alianza, Cuba presenta actualmente dos planes preliminares de alto valor social y agregado, diseñados para beneficiar directamente a los sectores más vulnerables de la nación. "Ambos están orientados a fortalecer la seguridad alimentaria como pilar fundamental para el desarrollo, mediante soluciones territoriales inclusivas y sostenibles que buscan proteger a las familias en situaciones de mayor riesgo, ampliar el acceso a alimentos nutritivos y consolidar sistemas locales resilientes", enfatizó.

EE.UU. no tiene derecho a decidir quién comercia con Cuba

El canciller de Cuba, Bruno Rodríguez, condenó enérgicamente la pretensión de EE.UU. de decidir quién puede comerciar o no con el país caribeño.

"El Gobierno de EE.UU carece de autoridad práctica y moral para decidir qué es legal al amparo del Derecho Internacional y de las normas del libre comercio", escribió Rodríguez en X, tras recalcar que las amenazas de Washington no se limitan únicamente a Cuba, sino que también atentan "contra el resto de la comunidad internacional".

En esa línea, aseveró que quienes asumen "como legales" las medidas coercitivas unilaterales de la administración estadounidense, "se hacen cómplices del castigo colectivo al que EE.UU. está sometiendo al pueblo cubano".

"El Gobierno estadounidense no tiene autoridad alguna para decidir quién puede y quién no comerciar combustibles o cualquier otro producto con Cuba, invertir en nuestro país, ayudar a nuestro pueblo", asestó el jefe de la diplomacia cubana, tras insistir en que Washington tampoco está facultado para "imponer un bloqueo naval ni un cerco energético", como el que se ha recrudecido en los últimos meses por órdenes del inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

Por otro lado, también condenó las acciones militares de EE.UU. en la región, ya que ese país no tiene derecho a "detener ni revisar embarcaciones en alta mar; bombardear y ejecutar extrajudicialmente a quien 'navegue sospechosamente' en aguas internacionales" ni a "usurpar recursos y territorios soberanos de otros pueblos".

"A Cuba le asiste la verdad, la razón y el Derecho Internacional. Al Gobierno de EE.UU. no le ampara ni la más grande de sus mentiras y pretextos mendaces", remató Rodríguez.

Cuba: Medio siglo de terrorismo impune

"Pusimos la bomba, ¿y qué?". Así confesó a viva voz Hernán Ricardo Lozano, un reportero gráfico venezolano, su participación directa en el atentado terrorista contra un vuelo comercial de Cubana de Aviación que le costó la vida a 73 personas –48 pasajeros y 25 tripulantes– que cubría la ruta entre Georgetown, en la República Cooperativa de Guyana, y La Habana, Cuba, la tarde del 6 de octubre de 1976.

De acuerdo con el reporte oficial de víctimas proporcionado por las autoridades cubanas, en la acción fallecieron 57 cubanos –entre ellos los 24 integrantes del equipo juvenil de esgrima que acababa de coronarse campeón Centroamericano y del Caribe en una justa celebrada en Caracas, Venezuela–, 11 guyaneses (en su mayoría, jóvenes estudiantes de medicina) y delegados oficiales del Gobierno de Pyongyang.

Aunque el destino final de la aeronave era la capital cubana, el vuelo contemplaba escalas en las islas de Trinidad, Barbados y Jamaica. De esa ruta, los pilotos solo lograron aterrizar en Puerto España y Bridgetown, donde poco después del despegue hacia Kingston —a las 17:24, hora local— y para horror del personal y los pasajeros, una bomba estalló a 10.000 pies de altura, desatando una emergencia a bordo.

El capitán Wilfredo 'Felo' Pérez Pérez notificó el incidente a la torre de control del aeropuerto barbadense de Seawell. "¡Cuidado!", gritó Pérez Pérez. Su copiloto, Miguel Espinoza Cabrera replicó: "Felo, fue una una explosión en la cabina de pasajeros y hay fuego". Cuando trataban de regresar hacia el aeropuerto de Seawell, se produjo otra en los baños traseros del avión. Habían pasado unos siete minutos del primer estallido y no hubo nada que hacer: la aeronave entró en barrena y se estrelló sin remedio.

El atentado causó enorme conmoción, al considerarse el peor acto terrorista registrado en la región. Luego saldría a la luz una trama que implicó al terrorismo anticubano más radical, a la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA) y a los servicios de Inteligencia de Venezuela, país que era tenido como una 'democracia modélica', mientras el resto del continente era dominado por botas militares impuestas a sangre y fuego.

Los agentes del plan

El atentado fue planificado por Luis Posada Carriles y Orlando Bosh, dos resaltantes agentes cubanos, anticomunistas, incorporados a las filas de la CIA desde el triunfo mismo de la Revolución cubana y con un amplio historial de comprobadas participaciones en acciones destinadas a derrocar al Gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro o para socavar cualquier iniciativa calificada por la Agencia estadounidense como potencialmente peligrosa o revolucionaria.

También figuró el nombre del estadounidense Michael Townley, una de las cabezas de la inteligencia chilena bajo la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Posada Carriles fungió como asesor de seguridad de distintos gobiernos anticomunistas en América Latina y recaló en Venezuela a finales de la década de 1960, donde dispuso de un amplio rango de acción dentro de los servicios de inteligencia. Allí se incorporó a las filas de la Dirección General de Policía (Digepol), donde fue conocido bajo los alias de 'Comisario Basilio' o 'Bambi'.

Su enlace era Carlos Andrés Pérez, por entonces ministro de Interior y luego presidente (1974-1979) venezolano. Para hacer posible tal vuelco, su imagen pública, construida con una poderosa campaña de marketing que lo presentó como una figura de la izquierda política popular, dejó convenientemente enterrado su pasado reciente como figura clave en la represión anticomunista continental.

De su parte, Bosh fue líder de las fuerzas antirrevolucionarias en la 'Lucha contra bandidos' emprendida por los revolucionarios en la región cubana de Escambray, entre 1960 y 1966, así como en distintos actos de sabotaje en diversos países latinoamericanos y caribeños. Su nombre también se asocia al Plan Cóndor y al atentado que en septiembre de 1976 segó la vida del exministro de Defensa chileno Orlando Letelier, personalidad clave dentro del malogrado Gobierno socialista de Salvador Allende y líder de la oposición chilena en el exilio.  

Bosh arribó a Venezuela bajo el amparo del presidente Pérez en 1976. Ya junto con Posada, los dos terroristas reclutaron a los reporteros gráficos Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, dos agentes encubiertos de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención —Disip, sucesora de la Digepol— que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero. A ellos les giraron instrucciones precisas de cómo pondrían los explosivos (C4 o dinamita) a bordo del avión, cómo debían abordar y desembarcar para no llamar la atención y qué versión tenían que ofrecer a las autoridades.


Luis Posada Carriles (i) y Orlando Bosh, autores intelectuales del atentado terrorista contra el avión de Cubana de Aviación.
wikimedia

Así, los dos reporteros subieron tranquilamente al avión, pusieron las bombas y bajaron en la primera escala. Minutos después se supo del fatal estallido.

Para despecho de Bosh y Posada Carriles, aunque sí se produjo la tragedia aérea que deliberadamente planearon, la investigación policial condujo rápidamente a la Policía hacia Lugo y Lozano. Este último llamó la atención de las autoridades al abordar la aeronave con un pasaporte falso, a nombre de José Vásquez García, y de allí todo se desmoronó.

Al tirar de la madeja, se hizo evidente que si bien ellos habían actuado como perpetradores materiales, no planificaron el atentado, sino que había sido obra del 'Comisario Basilio' y su socio. La evidencia y la presión de La Habana obligaron a Pérez y al Estado venezolano a actuar conforme a derecho y a imputarlos por su implicación en el atentado terrorista.

Se les encarceló en el Cuartel San Carlos, una conocida prisión militar que por aquel entonces albergaba en sus muros a disidentes y presos políticos, principalmente de la izquierda revolucionaria. Luego, en plan de averiguar, hasta allí fue a dar la periodista Alicia Herrera, compañera de labores de los dos fotoperiodistas.

El detonante de la verdad

A finales de la década de 1970, Herrera trabajaba en dos revistas femeninas propiedad del conglomerado privado de medios de comunicación Cadena Capriles. No estaba involucrada en política y acudió a ese recinto militar en solidaridad hacia sus compañeros, pues los creía inocentes, víctimas de un error policial. No obstante, tras varias visitas, no solo se dio cuenta de que los habían acusado con motivos, sino que esas personas no estaban arrepentidas del crimen que habían perpetrado.

De lo primero en lo que reparó la reportera en sus incursiones al Cuartel San Carlos fue que Lugo y Lozano eran lugartenientes de Posada Carriles y Bosh. "Lugo hacía todo cuanto Bosch le ordenaba. En la vida diaria de la celda, e incluso en sus gustos personales, el cubano influía notablemente", se lee en su escrito.

Espantada, decidió denunciar el hecho a través de un reportaje que luego se convirtió en libro, bajo el título '¿Pusimos la bomba, ¿y qué?', que vio luz por vez primera en 1981. La tercera edición, aparecida en 2005, contiene documentos desclasificados que dejan claro, más allá de cualquier duda razonable, la veracidad de los testimonios que ella recolectó, y la implicación directa de todas las personas y entidades que figuran en su texto. 

"Un sábado llegué al Cuartel San Carlos y encontré a Freddy Lugo muy descompuesto, muy bravo (disgustado), y le pregunté a qué se debía su actitud y me dijo: 'No, es que ayer Hernán Ricardo hizo una cosa horrible, gritó en el patio de ejercicios, donde estábamos todos, donde estaban los guardias y estaban muchos presos, que nosotros habíamos puesto la bomba en el avión cubano, eso delante todo el mundo, eso nos perjudicaba a todos, todos queríamos matarlo'", relató años más tarde Herrera en una entrevista con Radio Rebelde. 

Aquello la alertó y, aunque asustada, la reportera no retrocedió y se dispuso a desenterrar la verdad, amparándose en que Lugo era su amigo cercano y, además, estaba contrariado por el trato que se le dio y por las promesas incumplidas de la CIA, que le había ofrecido un pago que nunca llegó. Lugo también implicó directamente a la inteligencia venezolana, específicamente al comisario Henry López Sisco, cuyo nombre se asocia en Venezuela a numerosas operaciones que resultaron en masacres y violaciones masivas de derechos humanos.

La espeluznante confesión

De acuerdo con sus palabras, la sobrecogió "la facilidad con la cual Freddy Lugo" se "reveló definitivamente como culpable del crimen de Barbados". "Yo nunca pensé que esta confesión surgiera tan frontal, de una manera tan detallada. En realidad, yo estaba esperando ansiosamente que él o Bosch hicieran alguna referencia al caso del avión, pero la frialdad de Freddy Lugo me permitía ahora profundizar más en la verdad", sostuvo.

Lugo le contó sin tapujos todo cuanto habían hecho para colocar los explosivos. La periodista refirió que Lugo culpaba a Lozano por lo sucedido. Según él, Hernán se aprestó a confesar todo ya en Trinidad y Tobago, donde ambos desembarcaron del avión tras cumplir su misión. "Él es el culpable, en el avión mismo se comportó como un irresponsable. Se le podía ver lo nervioso que estaba porque él suda mucho, se le veía acalorado y no hallaba qué hacer con las manos, pasó un buen rato tapándose la cara con un periódico", dijo entonces.


Henry López Sisco, expolicía y exagente de inteligencia de 
Venezuela implicado en masacres y violaciones a los derechos humanos.
Youtube / Luis Olavarrieta

En contraste, se presentó a sí mismo como alguien más capaz que su compañero, pese a que carecía de la experiencia de aquel. "Sabía lo que tenía que hacer, la cuestión era no salirse de las recomendaciones. Tenía mi maletín con las cámaras ahí, al ladito mío", apuntó.

El día de los hechos, afirmó Lugo, Hernán Lozano estaba "muy agitado" y dijo que iría al baño. Llevaba el paquete con los explosivos en el bolsillo para, de conformidad con las instrucciones que recibieran de Bosh y Posada Carriles, colocararlos en el sitio elegido. No obstante, el ejecutor se tardó más de la cuenta y Freddy pensó que el plan se había ido a pique. Resultó que Hernán había quedado atrapado en el minúsculo sanitario y llamó la atención de la tripulación con los golpes que le propinó a la puerta. Tuvo que ser rescatado por el piloto del avión.

"Aquello fue un espectáculo, todo el mundo volteó a mirarlo. Cuando se sentó al lado mío, me di cuenta de que no traía el paquete que se había llevado en el bolsillo, y entonces le pregunto y me dice que después me da más detalles, pero que 'aquello ya está listo'. Todo estaba dispuesto para que saliera perfecto, se trataba de acabar con esos malditos comunistas, pero claro, Hernán con ese pasaporte falso y otra cantidad de errores, echó a perder el programa", abundó.

Más allá de la versión de Lugo, Herrera escribió en su libro declaraciones de Bosh, quien, celoso de Huber Matos, un exdirigente revolucionario cubano que traicionó a sus camaradas y fue recibido con honores en suelo venezolano, dijo a voz en cuello que el propio Matos no era capaz de derribar un avión como él sí había sido capaz de hacerlo y como seguiría haciéndolo.  


                                                             Luis Posada Carriles (i) en sus últimos años.
Joe Raedle / Gettyimages.ru

El testimonio de Bosh, en el que admitía sin rubores ser un terrorista irredento, representó un punto de inflexión para Herrera: no bastaba con una crónica o reportaje de denuncia, aquello merecía un libro. De otra parte, eso la hizo comprender que tenía que irse de Venezuela. El largo brazo de la Disip, involucrada directamente en el atentado y con grueso historial de persecuciones a todo aquello que oliera lejanamente a izquierda, era demasiado peligroso como para permanecer a su alcance.

Así las cosas, se fue a México, donde alcanzó a publicar su trabajo, que además fue editado en Cuba y en Nicaragua. En su natal Venezuela, la Disip trató de vetarlo, pero el editor Manuel Vadell, militante izquierdista de toda la vida, se arriesgó a la cárcel y a la persecución y lanzó a la calle la revelación periodística, que rápidamente comenzó a circular entre la gente.

No hubo modo de acallar la verdad, pero eso no significó que hubiera justicia o reparación para las víctimas del cruento hecho criminal.

La impunidad

Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano fueron condenados por la Justicia venezolana a 20 años de cárcel por el crimen de Barbados. Desaparecieron completamente del ojo público y solo trascendió que, a diferencia de los autores intelectuales, ellos sí purgaron su pena por el delito cometido.

Bosh logró evadir la sentencia definitiva luego de que sus abogados consiguieran su absolución, en 1980, por "defectos técnicos" relacionados con la presentación y compilación de evidencias en su contra por parte de la Fiscalía. De allí regresó a Miami, EE.UU., donde tras un breve período entre rejas vinculado a un proceso anterior, vivió hasta su muerte en 2011, a la edad de 84 años, sin que se hiciera efectiva ninguna de las solicitudes de extradición que interpusieron distintos gobiernos de la región –no solo el cubano– para procesarle por sus numerosos delitos.

El periplo de Posada Carriles fue más complejo. Tras varios intentos de fuga, uno de los cuales lo condujo a la Embajada chilena en Caracas, logró evadirse definitivamente de la Penitenciaría General de Venezuela en agosto de 1985. Permaneció escondido en la capital venezolana unos 15 días y desde allí partió a la vecina Aruba, a bordo de un barco camaronero.

Sin mayor impedimento, arribó a Costa Rica y luego a El Salvador, donde fue una de las piezas de EE.UU. para la guerra de baja intensidad desatada contra el Gobierno sandinista de Nicaragua. Al ser descubierto, migró a Guatemala. En la década siguiente, se movió clandestinamente entre los territorios guatemalteco y salvadoreño, países para entonces inmersos en sangrientas guerras civiles.

En 1997, su nombre encabezó nuevos titulares, cuando apareció como planificador de una serie de atentados terroristas con explosivos perpetrados contra varios hoteles en la zona turística de La Habana. Los ejecutores fueron capturados por las autoridades cubanas y, como en su día lo hicieran Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, detallaron cómo Posada Carriles les explicó la manera en la que debían manipular el C-4.

Tres años más tarde, Posada Carriles fue detenido en Panamá por planear un atentado magnicida contra el líder revolucionario Fidel Castro durante una cumbre que se celebraría en la ciudad homónima. Fue enjuiciado por esa causa, pero recibió posteriormente un indulto de la presidenta Mireya Moscoso y volvió a EE.UU., donde fue apresado por ingresar irregularmente desde México.

Ya para entonces pesaban sobre él sendas solicitudes de extradición interpuestas ante Washington por los gobiernos de Cuba y Venezuela en razón de su autoría en el atentado terrorista de 1976. Pese a los esfuerzos de Caracas y La Habana, las autoridades estadounidenses se negaron a dar el visto bueno y Posada Carriles murió anciano, en su cama, en mayo de 2018. Tenía 90 años.

Las 95 Nuevas Sanciones con que EE.UU. AHOGA a Cuba en 2026


Norelys Morales Aguilera.
- Hay una cifra que permite dimensionar la intensidad de la política de sanciones de Estados Unidos contra Cuba durante 2026.

Entre mayo y septiembre de este año, Estados Unidos designó 95 personas y entidades vinculadas a Cuba: 33 individuos y 62 organizaciones, empresas e instituciones.

No se trata simplemente de una lista de nombres.

Cada designación implica restricciones financieras, bloqueo de activos bajo jurisdicción estadounidense y limitaciones para realizar determinadas transacciones. Y, en muchos casos, sus efectos pueden extenderse a terceros que mantengan relaciones comerciales o financieras con los sancionados.

Las medidas se produjeron en once rondas de nuevas designaciones y estuvieron acompañadas por una ampliación del marco jurídico de las sanciones contra Cuba.

Un elemento particularmente importante ocurrió en mayo, cuando la administración de Donald Trump estableció una nueva autoridad ejecutiva dirigida contra determinadas actividades y sectores vinculados a Cuba.

Después llegaron nuevas rondas de sanciones en junio, julio, agosto y septiembre.

Personas. Empresas. Entidades estatales. Estructuras económicas y financieras.

El resultado acumulado son 95 nuevas designaciones en apenas cinco meses.

Y aquí aparece una cuestión que va más allá de la cifra.

¿Qué significa, en la práctica, que una política exterior utilice cada vez con mayor frecuencia las sanciones económicas como instrumento de presión?

Porque las sanciones no permanecen necesariamente dentro de las fronteras de Estados Unidos. Cuando afectan bancos, empresas, proveedores, aseguradoras o instituciones que tienen relaciones con Cuba, pueden producir un efecto mucho más amplio.

Por eso, detrás de una lista de 95 nombres y entidades hay también una discusión sobre comercio, finanzas, energía, inversión y, finalmente, sobre la capacidad de un país para desenvolverse en la economía internacional.

Cuba enfrenta así una presión económica que durante 2026 no solamente se mantuvo, sino que incorporó nuevos mecanismos y nuevos objetivos.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar una política de sanciones cuando su propósito declarado es modificar la conducta de un Estado?

Y hay otra pregunta, todavía más cercana a la vida cotidiana: ¿cuánto de esas decisiones termina repercutiendo sobre la economía y sobre la población cubana?

Son preguntas que requieren mirar más allá de los comunicados oficiales.

Porque detrás de cada sanción hay una medida jurídica, pero también una consecuencia económica.

Y detrás de las cifras hay personas.

Noventa y cinco nuevas designaciones.

Treinta y tres individuos.

Sesenta y dos entidades.

Una cifra que merece ser analizada, no solamente contabilizada.