Carlos Aznarez.─ Se impuso la transparencia de la brutalidad “republicana" contra la hipocresía letal de los “demócratas”. La topadora Trump, ese camión gigantesco y sin frenos que parece arrollar todo a su paso, pudo más que la tilinguería soez y mentirosa de la señora Clinton. Indudablemente el sistema sabe reciclarse: a veces lo hace en clave falsamente progresista, encandilando a espectadores (o votantes) desprevenidos, y otras, como en este caso, apela a un discurso cargado de exabruptos, en apariencia provocador, pero que está perfectamente calculado. Esta embestida, tan criminal como cualquiera, viene a proclamar que ya no es la hora del “discurso políticamente correcto” sino todo lo contrario, y eso casi aparece como un alivio, porque no hay nada peor que una máquina de matar que disfrace sus verdaderas intenciones debajo de una pátina de “tolerancia”, “comprensión” y falso pacifismo. Esa estrategia clintoniana que bajo la batuta de Bill descargó uranio empobrecido en varios continente, y en brazos de su esposa, festejó el asesinato de Gadaffi y la destrucción de Libia.