La visita de la CIA a La Habana: ¿diplomacia o reconocimiento previo a una agresión? (+ video)

Norelys Morales Aguilera.— La noticia revelada por el Gobierno Revolucionario de Cuba y por la cuenta en X de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), sobre la reunión sostenida en La Habana entre su director, John Ratcliffe, y autoridades cubanas, tomó por sorpresa a quienes siguen de cerca el tema cubano.

La presencia en Cuba de la tenebrosa CIA resulta inédita, especialmente para los cubanos, dada la larga historia de agresiones, sabotajes y operaciones encubiertas dirigidas por esa agencia contra el pueblo cubano y sus dirigentes.

Como se conoce, la CIA es la principal agencia de inteligencia exterior de Estados Unidos. Su función es recopilar, procesar y analizar información de seguridad nacional para asesorar al presidente estadounidense. Aunque oficialmente no tiene un papel diplomático ni define políticas, sus operaciones clandestinas y su influencia encubierta suelen complementar las estrategias de Washington en el exterior.

Este encuentro ocurre en medio de una escalada de tensiones entre Washington y La Habana, acompañada de medidas y retórica sin precedentes en décadas recientes.

El 29 de enero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que declara una “emergencia nacional” ante la supuesta “amenaza inusual y extraordinaria” que, según Washington, representaría Cuba para la seguridad estadounidense y regional. El documento acusa al Gobierno cubano de alinearse con “países hostiles”, de acoger “grupos terroristas transnacionales” y de permitir el despliegue de capacidades militares y de inteligencia de Rusia y China en la Isla.

Sobre esa base se anunció la imposición de aranceles y represalias contra países que comercien petróleo con Cuba. En la práctica, ello ha significado un bloqueo energético de una magnitud nunca antes vista.

Las consecuencias para la población cubana son enormes: dificultades extremas para garantizar combustible, transporte, generación eléctrica, importaciones de alimentos, medicinas y equipamiento esencial, incluso médico.

No puede silenciarse la gravedad del momento. Se trata de una forma de guerra no declarada, aunque todavía no hablen las armas.

Por ello, la visita del jefe de la CIA a La Habana —solicitada por la parte estadounidense— difícilmente pueda interpretarse como un gesto diplomático o una simple muestra de voluntad para discutir asuntos bilaterales. También puede leerse como un intento de evaluar sobre el terreno cuál sería el escenario de una eventual agresión.

Mientras continúan las amenazas, Washington mantiene el cinismo de ofrecer ayudas mínimas a los cubanos mientras incrementa la presión económica y política. Al mismo tiempo, todo indica que Trump enfrenta frustración porque Cuba no colapsa, como aparentemente le habrían prometido algunos de sus asesores, entre ellos el secretario de Estado, Marco Rubio.

Resultó revelador un comentario del propio Trump antes de viajar a Pekín, cuando insinuó que no había sido advertido adecuadamente sobre el tema cubano, en una nueva señal de tensiones internas y búsqueda de responsables.

Cuba, por supuesto, conoce el escenario. Coincidiendo con la visita, el presidente Miguel Díaz-Canel declaró que Cuba no constituye una amenaza para nadie, sino que es el país amenazado. En igual sentido se pronunciaron el canciller Bruno Rodríguez Parrilla y otras autoridades.

La denuncia más fuerte ocurrió durante la reunión de los BRICS celebrada el 14 de mayo en Nueva Delhi, donde Cuba alertó sobre “la amenaza de agresión militar directa” y denunció el bloqueo energético impuesto por Estados Unidos.

Si finalmente no existiera intención de una agresión militar —escenario que todos desean evitar—, entonces la visita podría responder también al cálculo del costo que tendría para Estados Unidos una guerra asimétrica en el Estrecho de la Florida, con consecuencias imprevisibles para el comercio regional y mundial.

Eso revelaría, además, que dentro de Estados Unidos conviven varias preocupaciones:

1. La resistencia del Congreso estadounidense a otra guerra. 

2. El rechazo creciente del electorado norteamericano a nuevos conflictos militares. 

3. La cercanía de las elecciones intermedias

4. La crisis económica interna. 

5. Y un elemento siempre impredecible: el humor político de Donald Trump

Por ahora, lo único que parece claro tras la visita de la CIA a La Habana es que Cuba se prepara para cualquier escenario. Y que las autoridades cubanas habrían dejado claro a sus interlocutores que la Isla no sería un terreno fácil para una aventura militar.

La geografía cubana, ubicada en la confluencia oceánica del Caribe y el Golfo de México, convierte a Cuba en un verdadero portaviones natural. Y ninguna agresión contra ella podría considerarse un simple “día de campo”.

No hay comentarios.: