Fernando Martínez Heredia.-- Hace casi siglo y medio de aquel 20 de octubre y, sin embargo, una nación entera se sigue emocionando cada vez que lo escucha, y se imagina al músico y poeta que supo ir a la gloria y al cadalso, escribiendo sobre la montura, y la ciudad ardiendo. “Que Bayamo fue un sol refulgente”, decía la Bayamesa de la Guerra. La canción que se quedó en ocho versos que invitan a pelear, retan a la muerte necesaria y prometen vida eterna. Es el himno de Bayamo, la marcha de la bandera, el himno nacional de Cuba. No nació por encargo ni en un concurso, lo compuso una y otra vez un pueblo entero que se sacrificó para tener patria.
Todas las naciones se van formando de comunidades que se reconocen singulares y únicas, y tejen lentamente su madeja de palabras, comidas, costumbres, gestos, ritos, fiestas, trabajos, prejuicios, recuerdos, olvidos. Pero las hay que también necesitan gestas, epopeyas en las que un pueblo impar se ratifica y se vuelve dueño de sí mismo entre dolores y hazañas, victorias y derrotas, esfuerzos supremos y jornadas asombrosas. Este fue el caso de la formación de la nación cubana.