El líder cubano Fidel Castro alertó nuevamente sobre los peligros que amenazan al planeta si se desatara una guerra nuclear o si no se enfrenta se manera efectiva el cambio climático, dos problemas que para el comandante, están cada vez más lejos de aproximarse a una solución y que impulsan la marcha hacia un "inexorable" abismo.
En sus Reflexiones publicadas la noche de este jueves, Fidel afirma que la guerra nuclear y el cambio climático son dos peligros “decisivos” y que en ninguna otra época de la historia el hombre conoció los actuales amenazas que afronta la humanidad.
“Personas como yo, con 85 años cumplidos, habíamos arribado a los 18 con el título de bachiller antes de que concluyera la elaboración de la primera bomba atómica (...) Hoy los artefactos de ese carácter listos para su empleo ─incomparablemente más poderosos que los que produjeron el calor del sol sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki─ suman miles”, escribió el líder de la isla.
De acuerdo con sus datos, existen más veinte mil proyectiles nucleares en el planeta, divididos en los que están en depósitos y los ya desplegados en virtud de acuerdos internacionales.
“El empleo de apenas un centenar de esas armas sería suficiente para crear un invierno nuclear que provocaría una muerte espantosa en breve tiempo a todos los seres humanos que habitan el planeta”, añadió basándose en la explicación del científico norteamericano y profesor de la Universidad de Rutgers, New Jersey, Alan Robock.
Fidel dice que el punto álgido de tensión se ubica en Medio Oriente, “donde en manos del gobierno israelita se acumulan cientos de armas nucleares en plena disposición combativa, y cuyo carácter de fuerte potencia nuclear ni se admite ni se niega. Crece igualmente la tensión en torno a Rusia, país de incuestionable capacidad de respuesta, amenazada por un supuesto escudo nuclear europeo”.
“Mueve a risas la afirmación yanki de que el escudo nuclear europeo es para proteger también a Rusia de Irán y Corea del Norte. Tan endeble es la posición yanqui en este delicado asunto, que su aliado Israel ni siquiera se toma la molestia de garantizar consultas previas sobre medidas que puedan desatar la guerra”, crítico Fidel Castro.
Respecto al cambio climático, el líder cubano afirma que el planeta marcha sin política sobre este grave problema, y cuestionó a los países que se “han dedicado a bombardear y matar millones de personas durante los últimos 50 años” en vez “de preocuparse por el destino de los demás pueblos.
“La humanidad no goza de garantía alguna", sentenció el comandante.
Reflexión: La marcha hacia el abismo
No es cuestión de optimismo o pesimismo, saber o ignorar cosas elementales, ser responsables o no de los acontecimientos. Los que pretenden considerarse políticos debieran ser lanzados al basurero de la historia cuando, como es norma, en esa actividad ignoran todo o casi todo lo que se relaciona con ella.
No hablo por supuesto de los que a lo largo de varios milenios convirtieron los asuntos públicos en instrumentos de poder y riquezas para las clases privilegiadas, actividad en la que verdaderos récords de crueldad han sido impuestos durante los últimos ocho o diez mil años sobre los que se tienen vestigios ciertos de la conducta social de nuestra especie, cuya existencia como seres pensantes, según los científicos, apenas rebasa los 180 mil años.
No es mi propósito enfrascarme en tales temas que seguramente aburrirían a casi el ciento por ciento de las personas continuamente bombardeadas con noticias a través de medios, que van desde la palabra escrita hasta las imágenes tridimensionales que comienzan a exhibirse en costosos cines, y no está lejano el día en que también predominen en la ya de por sí fabulosas imágenes de la televisión. No es casual que la llamada industria de la recreación tenga su sede en el corazón del imperio que a todos tiraniza.
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Una ceremonia mapuche para pedirle calma al Puyehue

Ruegos al espíritu del volcán
Soledad Vallejos.- Antes del alba, cuando la energía es más poderosa, los mapuches se reunieron ayer frente al Nahuel Huapi para una rogativa. El pedido: entender qué pasa con la montaña, con el lago, con la naturaleza. Invocaron al Pillán, el espíritu benigno que reside en el Puyehue.
Cuando los cuencos con mate cocido pasen de mano en mano, Patricia Pinchuleo dirá: “Para poder solucionar esto, tenemos que entender qué está pasando”. Pero faltan horas.
Frente al Nahuel Huapi todavía es noche. Sopla un viento helado que sólo se detiene, de tanto en tanto, para tomar envión y aturdir un poco más a los arbustos de la orilla. En algunas horas, la machi Patricia explicará que no estaban allí antes del alba por capricho: “Cuanto más temprano, más energía positiva hay. En vez de a las 7, tendríamos que haber estado ahí a las 6. Y a eso sumale el viento, el frío, el lago: también son energías muy poderosas”. Si no se convocó una hora antes, fue por consideración a chicos y viejos. El cambio resultó, en todo caso, mínimo, porque sólo en esas condiciones podía hacerse la rogativa “para pedir que podamos entender qué está pasando con la montaña, con el lago, que tiene ese color y no el azul profundo de siempre. Qué es este desequilibrio” de la naturaleza que cambia el paisaje y pone en peligro los animales en el campo y, con ellos, a las personas que los necesitan para vivir. Pero ahora hay estrellas y recién empieza a clarear, con pereza, por el Este. Hacia allí Patricia y otras 40 personas, entre hombres, mujeres y niños, dirigen plegarias en mapuche hace más de una hora.
En los últimos siete días, es la segunda vez que sucede. Desde que comenzó a llover arena, mapuches de la ciudad, alrededores y la zona rural conocida como Línea Sur se citaron ya dos veces aquí para realizar una ceremonia tan extraordinaria como las circunstancias que los convocan. Patricia explicará que, tradicionalmente, las rogativas se convocan en tiempos acordados por las comunidades, “cuando lo necesitamos, cuando creemos que hay que reflexionar sobre algo, cuando pedimos la fortaleza de estar juntos para entender algo” en especial. Y hoy, aunque falten menos de quince días para el año nuevo mapuche, es uno de esos días en que las comunidades invocan al Pillán del Puyehue (un espíritu antiguo, benigno, residente en el volcán).
En un rato, Patricia recordará que “los volcanes estaban antes que nosotros y tenemos que aprender a convivir con esto que está pasando. Esto seguro va a dejar consecuencias, pero también demuestra que la naturaleza se expresa. Convivimos con ella y hay que respetarla”. Ahora, vestida de negro de pies a cabeza, y con el trarilonco (un cintillo negro del que cuelgan pequeños discos de plata) tintineando en su cabeza, sólo pronuncia palabras mapuches y dirige la ceremonia desde un segundo plano. Las casi 20 mujeres, los casi 20 hombres, los niños, habían bajado en fila, de noche, el caminito desde el Centro Mapuche. Sólo el rumor de la arena bajo los pies había guiado la marcha casi todo el tiempo, pero en los momentos críticos del recorrido nadie protestó por la luz salvadora de un celular despejando dudas sobre piedras y yuyales inesperados. Habían cruzado la ruta, dejado atrás la terminal de ómnibus, vadeado las vías del Tren Patagónico, que sólo podían adivinarse bajo centímetros de arena tupidísima.
Habían bajado entre yuyales altos y adivinando, por la fluorescencia de la noche y el viento creciente, dónde el lago cedía ante las cenizas. Ahí se habían detenido: una fila de hombres, una fila de mujeres; niños y niñas entre ellos; dos niñas, al frente, como mediadoras y gestoras de las ofrendas de yerba mate, ramas de maitén, muzay (una bebida fermentada a partir de maíz blanco). A medida que la noche se retiraba y la luz crecía, hombres y mujeres se turnaban para orar como en murmullo, o acompañar cantando; sin embargo, sólo algunos de ellos hacían sonar trutrucas, esos instrumentos de viento circulares de sonido melancólico; sólo Patricia marcaba el paso con el cultrún. Así llegaron el amanecer y los primeros rayos del sol. Ya compartidas, se entregaron las ofrendas al lago.
Media hora después, en la casa del Centro Mapuche, a metros de la inmensa antena de Radio Nacional, mientras las tazas de mate cocido dulzón se comparten como si de mate se tratara, un muchacho de otra comunidad, llegado para la rogativa, compartirá su preocupación. “Antes de que reventara el volcán, sabíamos que algo así iba a pasar. Y sabemos que alguna gente nuestra cree que no termina acá.” Algunos asentirán; otros añadirán que fue buena señal ver que amanecía despejado, aunque hubiera “olas de ceniza en el lago”. Es “todo lo que la gente vio”, también “por lo que pasó con la caída de cenizas, los truenos”, acota una mujer. “Fue muy fuerte: retumbaron los vidrios”, recuerda alguien más. Por eso se autoconvocaron por segunda vez, de boca en boca, pero también aprovechando los “servicios sociales de Radio Nacional”, esos espacios que la emisora destina a necesidades de la comunidad y “son útiles porque esa radio se escucha en los parajes, donde por ahí no hay teléfono, no pudo llegar alguien”.
La machi Patricia dice que “hay muchas explicaciones” para la ceniza, el color del lago, la nube gris que amenaza desde el oeste. “Y también se dice que esto, en dos, tres años, es bueno para la tierra. Pero la emergencia para la gente más castigada es hoy: para nuestra gente del campo, o la gente que se vino a la ciudad, y vive en los barrios del Alto.” Pero “somos gente mapuche, y muchos también lafquenche, gente del lago. Hoy ves el Nahuel Huapi y te preguntás qué es ese color, cómo absorbió toda la arena que cayó... Por eso, como mapuches, sentimos que ante esto tenemos que juntarnos a hacer ceremonia”. Mientras la ceniza sea omnipresente, será así. (Página 12)
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