José Steinsleger.-- Nacida en el emblemático decenio de 1960, Mafalda era una niña que pasaba buena parte del día oyendo noticias en su radio de transistores, y luego descolocaba a los adultos con preguntas acerca de las realidades políticas del mundo. Mafalda no era cómica. Cómicos eran los adultos, haciéndose bolas cuando trataban de consolar las angustias de la niña frente a las guerras, el hambre, la pobreza, el racismo, las injusticias, la violencia.
En los años del terrorismo de Estado, un lector indignado escribió a la revista argentina Humor, observando: “Y ustedes… ¿de qué se ríen?” Parafraseando a Oscar Wilde, los editores le recordaron que el humor podía ser “…otra forma de la desesperación”. En efecto. Nada más serio que el (mejor dicho) humorismo, vocablo que la Real Academia asocia con la manera graciosa o irónica de enjuiciar las cosas.
El humorismo nada tiene que ver con la alegría imbécil de los animadores mediáticos, y menos con lo que degrada, humilla, discrimina. Sin ofender a nadie, Miguel de Cervantes se burlaba de los vicios y ridiculeces de los hombres, diferenciando el humor cáustico y mordaz del satírico y burlón “…que a infames precios y desgracias guía” (Viajes al Parnaso, 1614).
El olvidado erudito y periodista español Santos López Pelegrín (1800-45) decía que a diferencia de la parodia, lo burlesco es una bufonada miserable que no puede agradar más que al populacho. Tal era la postura del grupo de periodistas de Charlie Hebdo (CH), asesinados en una operación comando de un modo mucho más miserable que sus hirientes y reaccionarias bufonadas.
