Manu Pineda.- Hasta hace algún tiempo se mantenía la idea errónea de que el fascismo pertenecía al pasado, a un periodo oscuro del siglo XX que la humanidad habría superado de forma irreversible tras la derrota del nazismo en 1945. Esa percepción constituye uno de los errores políticos más graves de nuestro tiempo. El fascismo es una forma concreta de ejercicio del poder que surge cuando las clases dominantes consideran que los mecanismos habituales de control político, jurídico y económico han dejado de garantizar sus intereses. En ese contexto, la violencia abierta, la militarización de la política y el desprecio por el derecho internacional dejan de ser excepciones y se convierten en norma.
La historia ofrece una enseñanza básica y fácilmente comprensible: el nazifascismo no fue derrotado mediante declaraciones ni condenas formales. Adolf Hitler no fue frenado por comunicados diplomáticos ni por resoluciones internacionales. Fue derrotado porque pueblos y Estados asumieron que enfrentarlo exigía una resistencia organizada y sostenida, también en el plano militar. El Ejército Rojo de la Unión Soviética desempeñó un papel vertebral y decisivo en esa derrota, cargando con el peso principal del enfrentamiento contra la maquinaria nazi y pagando un coste humano y material gigantesco. A esa lucha se sumaron otros países cuando comprendieron que el avance fascista amenazaba directamente su propia supervivencia. La victoria antifascista se construyó con hechos, no solo con palabras.
Esta lección histórica resulta imprescindible para comprender el presente. Donald Trump encarna una forma concentrada y brutal de ejercicio del poder imperial. En menos de un año de presidencia, Estados Unidos ha bombardeado al menos siete países, ha promovido operaciones abiertas y encubiertas de desestabilización y ha llegado al extremo de secuestrar a un presidente legítimo, Nicolás Maduro, en una violación flagrante de los principios que rigen las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, ha amenazado de forma directa y grosera a países soberanos como Cuba, México, Colombia, Irán o Dinamarca (Groenlandia), normalizando el lenguaje de la intimidación y la extorsión como instrumento de gobierno.
Estos hechos forman parte de una espiral fascista, imperialista y expansionista que se desarrolla a plena luz del día. El desprecio por el derecho internacional se presenta como fortaleza política. La imposición unilateral sustituye cualquier forma de diálogo, y la fuerza militar se convierte en argumento principal. Esta lógica responde a una hegemonía imperial en crisis que trata de recomponerse mediante la violencia, incluso a costa de arrastrar al mundo a una catástrofe de dimensiones incalculables.
Frente a esta ofensiva, numerosos gobiernos que rechazan esa pretensión de hegemonía imperial han emitido pronunciamientos de condena rigurosos y políticamente coherentes. Estas declaraciones cumplen una función necesaria: nombran al agresor, fijan responsabilidades y establecen un marco ético mínimo. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que ese nivel de respuesta resulta claramente insuficiente. Un poder imperial armado, con capacidad militar global demostrada y voluntad explícita de utilizarla, no se ve disuadido por comunicados. El derecho internacional, cuando carece de una fuerza material que lo respalde, pierde toda eficacia real.
El problema central reside en la ausencia de una estructura capaz de hacer frente a la agresión. La historia de los años treinta resulta pedagógica en este sentido. La acumulación de condenas formales frente al avance del nazismo no detuvo su expansión. La pasividad y la demora reforzaron al agresor hasta que el conflicto adquirió dimensiones devastadoras. En estos escenarios, el tiempo nunca juega a favor de los pueblos.
La situación actual presenta una advertencia similar. Cada bombardeo tolerado, cada amenaza normalizada y cada violación del derecho internacional sin respuesta efectiva amplían el margen de maniobra del imperialismo agresivo. Afirmar que la coordinación de la respuesta y de la resistencia es inaplazable constituye una evaluación política basada en hechos objetivos. La espiral no se modera con el paso del tiempo; se intensifica.
Ante una ofensiva de estas características, la respuesta fragmentada resulta ineficaz. La experiencia histórica enseña que solo una coordinación internacional de la resistencia política y militar puede frenar un proyecto fascista de alcance global. Esta coordinación no exige coincidencia ideológica plena entre los pueblos y Estados que la integren. Exige conciencia compartida de que la soberanía de los pueblos está bajo ataque. Durante la Segunda Guerra Mundial, países con sistemas políticos muy distintos combatieron juntos porque comprendieron que la alternativa era la dominación fascista global.
La defensa de la soberanía requiere capacidad real para impedir bombardeos, bloqueos, golpes y secuestros políticos. Cuando esa capacidad no existe, la soberanía se vacía de contenido y se convierte en una fórmula retórica. Por ello, la construcción de una alianza internacional de resistencia frente al neofascismo imperialista deja de ser una opción ideológica y pasa a ser una necesidad histórica.
El lema leninista de “guerra a la guerra” expresa precisamente esta idea: hacer frente a la expansión imperialista mediante la resistencia organizada. La paz no surge de la pasividad ni de la confianza en la buena voluntad del agresor. Surge de la capacidad colectiva de los pueblos para defenderse y para imponer límites reales al uso de la fuerza.
Estamos ante un momento de no retorno. La presidencia de Trump ha elevado la ofensiva fascista imperial a un nivel extremo. La acumulación de agresiones, amenazas y violaciones del derecho internacional configura un escenario en el que la inacción no es una opción. O se construye una alianza internacional capaz de hacer frente a esta dinámica, o el proyecto imperial avanzará hasta arrasar con todo lo que encuentre a su paso.
La historia demuestra que el fascismo no se detiene por agotamiento moral. Se detiene cuando encuentra una resistencia organizada capaz de enfrentarlo. La responsabilidad histórica es inmediata. El margen de tiempo se ha reducido drásticamente. La decisión es colectiva y sus consecuencias ya están a la vista.
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