OEA al desnudo ante la continuidad en Cuba

Manuel E. Yepe.─ Bajo el seudónimo de “Secretaría General de la Organización de Estados Americanos”, el Ministerio de Colonias de Estados Unidos emitió un Comunicado de Prensa con el que, una vez más, se desnudó plenamente. El actual Secretario General de la OEA es un sórdido traidor a su patria uruguaya que habiendo desempeñado importantes tareas políticas en su país de origen bajo la presidencia de José Mujica – personalidad muy respetada que es orgullo de América Latina- se lanzó de nalgas en brazos del imperio y ejerce hoy el más triste papel que a un latinoamericano le cabría desempeñar.

Luis Almagro, quien militó en el Frente Amplio, prestigiosa formación política unitaria del Uruguay que dotó al pueblo uruguayo de un arma política eficiente para el logro de notables victorias en las urnas ha propinado, con su bochornosa actuación en la OEA, un rudo golpe a las aspiraciones populares de América Latina y ha menoscabado el prestigio democrático de su propia nación de origen como nadie ni nada lo había hecho desde el período de las dictaduras militares.

En proceso judicial por ladronzuelo de dietas y otros crímenes menores que de por sí denuncian la entraña miserable que lo llevó a la traición, Luis Almagro pretende seguir prestando servicios al imperio con ataques a Cuba, Venezuela y a todo lo que estorbe la hegemonía de Estados Unidos en el hemisferio.

Cuando Cuba acaba de llevar a cabo un proceso electoral para la continuidad presidencial que es paradigma de democracia real y ejercicio pleno de su soberanía por el pueblo, este bien retribuido servidor del imperialismo señala que “la elección por parte de la Asamblea Nacional de Cuba de Miguel Díaz-Canel como Presidente del país se ha dado sin la libre expresión del pueblo cubano”.
Almagro no puede ignorar que son precisamente los sistemas electorales del hemisferio -en especial el de Estados Unidos, que pretende ser el modelo del que dimanan las reglas y patrones para los demás-, lo que con mayor énfasis objetan los pueblos de las “democracias representativas” que Washington ha extendido por todo el continente como su sardónico “Destino Manifiesto”.

El ordenamiento jurídico de éstas constituye escenario idóneo para el injusto orden de intercambio desigual, explotación y miseria que Washington se considera llamado a imponer en el mundo, de acuerdo a la filosofía estadunidense que pretende justificar el modo en que las élites de algunos países concentran la riqueza a la vez que se someten a los dictados de la metrópoli imperialista.

El Destino Manifiesto, que expresa la creencia de que Estados Unidos está destinado por la providencia a expandirse hacia los cuatro vientos, es una doctrina racista que considera a los estadounidenses blancos superiores a los mestizos de los países vecinos ubicados al sur de su frontera, los que deben ser regenerados. Supone que Dios eligió al pueblo estadounidense para ser, como potencia política y económica, una nación superior al resto del mundo, y conecta en ello con la Doctrina Monroe de “America para los americanos”.

Cuando en tantos países del continente, incluido en primera fila Estados Unidos, se encarcela y tortura a los opositores y disidentes, se discrimina a los pobladores por motivos de raza, género, edad y nacionalidad; se limita la libertad de expresión a quienes dispongan de capital bastante para ejercerla; se ordenan y realizan muertes selectivas por razones políticas a cargo de bandas manipuladas por el capital; se reprime cruelmente a quienes exigen derechos a la sindicalización, a mejores condiciones de salarios, de estudio y de trabajo; se atenta contra la seguridad de la población con la venta y proliferación de armas de fuego en la sociedad por mercaderes que sobornan a políticos inescrupulosos en aras de su impunidad. El Ministro yanqui de colonias ha ensayado cuanta indignidad pueda imaginarse para ejecutar la voluntad de Washington y Wall Street contra los gobiernos progresistas que varios pueblos del hemisferio han logrado darse a base de lucha patriótica unitaria.

Almagro atribuye a la OEA la función de denunciar y trabajar por un hemisferio libre de dictaduras, con selectividad muy peculiar. A raíz de la intervención de grupos delincuenciales en una protesta ciudadana contra un aumento de las contribuciones a la seguridad social, se desató en Nicaragua una inusitada ola de violencia que dejó una decena de muertos y muchos heridos en ese país, considerado el más pacífico y seguro de la América Central. La OEA inmediatamente “exigió” al Gobierno progresista de Daniel Ortega que no actuara contra “demostraciones pacíficas” y el país se vio sometido a una metodología terrorista parecida a las guarimbas promovidas y financiadas por el antichavismo de Washington en Venezuela, tanto en 2014 como en 2017. La diligencia con que actuó allí la OEA contrasta con la pereza de que dio muestra cuando, recientemente, se solicitó su actuación en Honduras ante decenas de crímenes ocasionados por las fuerzas represivas del régimen local… y nunca respondió.

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