Villa Clara y Miami, diferentes emociones

Foto: Carolina Vilchez
Lázaro Fariñas*.- Hace más de cincuenta años que vivo fuera de Cuba y aunque desde los últimos 20 he estado yendo allá con cierta frecuencia, nunca me he pasado más de diez seguidos. Nunca he pensado seriamente en volver en forma definitiva y no lo he hecho por la sencilla razón de que aquí viven mis hijas y mis nietos, y si una vez, por cosas de la vida, puse un mar entre mis padres y yo, no estaría dispuesto a hacer lo mismos con mis hijas, con las cuales tengo una relación mucho más apegada a la que con mis padres tuve. De todas formas, el hecho de que un día salí de Cuba, nunca Cuba salió de mí. Siempre he llevado el amor a aquella tierra muy adentro, no importando, en lo más mínimo, los lugares donde he residido. Por mucho que pueda querer a los Estados Unidos, nunca le llegaré a querer como he querido, quiero y querré al país donde nací. Este es el lugar donde he residido toda mi vida adulta, pero Cuba es mi patria, donde nací y me crié y donde nacieron, se criaron, y vivieron todas sus vidas mis padres, mis hermanos y mis abuelos.

Esas son las razones por las cuales, a pesar de las diferencias políticas que alguna vez puedan haber existido, nunca le he deseado nada malo a mi pueblo y siempre me he alegrado de sus triunfos y sus victorias. La bandera de Cuba, ondeada en eventos deportivos internacionales, siempre para mí ha sido motivo de orgullo, y el oír el Himno Nacional en los mismos, más de una vez me ha hecho brotar alguna que otra lágrima traviesa por encima de las mejillas.

Desde hace ya varios años tengo instalada en mi casa una antena parabólica con la cual capto el satélite que me da la oportunidad de ver todos los canales de la televisión cubana. La realidad cubana se me ha acercado por medio de la tecnología moderna, sin tener que depender de las torcidas interpretaciones que aquí hacen los anticubanos que controlan los medios televisivos locales. Las imágenes que ven los cubanos en la isla son las mismas que yo veo en Miami.

Y como son las mismas imágenes, he podido ver y disfrutar en vivo y en directo todos los juegos de play off de la Serie Nacional de Béisbol. Como yo nací en la antigua provincia de Las Villas, los disfruté doblemente ya que, tres de los equipos que participaron en la misma, eran parte de mi de mi territorio provincial antes de que este se multiplicara, y aún más disfrute he tenido, ya que Báez, que es el pueblo de donde vengo y al que a cada rato voy, pertenece a la nueva provincia de Villa Clara y esta fue la que se llevó la corona.

Mientras se estaban llevando a cabo los play off de la Serie Nacional de Béisbol en Cuba, en los Estados Unidos se estaban llevando a cabo los de la liga Nacional de Baloncesto, en los que el equipo local, los Miami Heat, estaban participando. Mientras mi familia cubano miamense saltaba de emoción viendo a sus jugadores preferidos metiendo canasta tras canasta, hasta llegar al juego definitorio de la competencia por el título nacional de baloncesto, yo estaba, a pesar de no ser un fanático por antonomasia, también dando saltos de alegrías cada vez que el equipo de mi provincia metía batazo tras batazo. Las acertadas jugadas de LeBron James, posiblemente el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, hacían saltar de sus asientos a los míos, pero sintiéndolo muchos por ellos, estoy seguro que nunca llegaron a sentir lo que yo sentí cuando, con las bases llenas, Ariel Pestano, quizás el mejor catcher que ha tenido la pelota cubana en todos los tiempos, sacó un cuadrangular que le dio el toque final al partido y mandó a los valiosos y admirados jugadores matanceros a disfrutar los hermosos paisajes de su provincia, y a mis villaclareños a las calles a proclamar eufóricos el triunfo de su equipo.

Son dos eventos deportivos, tan valioso el uno como el otro, pero tienen una gran diferencia muy importante para mí. En el de allá, en mi Cuba, cualquier ciudadano puede ir al estadio y sentir la emoción de ver un juego en vivo. Aquí, solo una pequeña élite tiene los recursos necesarios para poder adquirir la casi impagable entrada al mismo y admirar de cerca, emocionadamente tan grandioso espectáculo.

Aquí, ahora, habrá un desfile por varias calles de la ciudad para que los fanáticos, léase plebe, vean desde las barreras y a la distancia a sus ídolos deportistas, al final del mismo, una ceremonia privada en la Arena, léase coliseo, para que los ricos y multimillonarios, o sea, los nuevos ciudadanos romanos compartan y conversen con los gladiadores.

Ahora yo, copiando a nuestro Apóstol, digo, "el arroyo de la sierra me complace más que el mar".

*Lázaro Fariñas, periodista cubano residente en EE.UU.

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