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Dilma llega al poder en nombre de una generación (+ discurso de investidura)

Eric Nepomuceno.- Dilma Rousseff, 63 años recién cumplidos, economista, divorciada, madre de una hija y abuela de un nieto, ex secretaria provincial, ex ministra del gobierno de Lula, es la primera mujer en llegar a la presidencia. Nacida en Minas Gerais, hija de padre búlgaro, un exiliado que antes de instalarse en Brasil pasó por Argentina, y madre mineira, vino de una familia de clase media alta. Y si a su antecesor y mentor Luiz Inácio Lula da Silva le encantaba disparar cada día la frase-clave “nunca antes en la historia de este país” (muchas veces sin razón), a ella le toca el derecho de realzar todo lo que significa que una mujer haya obtenido los votos de 55.732.748 brasileños.

Ahora sí: nunca antes en la historia de este país había ocurrido nada igual. Y es que más que ser la primera mujer, Dilma Rousseff es también la primera militante de una organización armada que enfrentó la dictadura militar, y la primera ex presa política, y la primera ex torturada, pasó a gobernar al más poblado país latinoamericano. Ya hubo mujeres gobernadoras, senadoras, diputadas, ministras. Ya hubo ex militantes que se opusieron a la dictadura y pasaron por cárceles y cámaras de tortura en los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) y de Lula da Silva (2003-2010). Pero tener a una presidenta que reúne todas esas características, que tanto marcaron a generaciones de brasileños, es algo inédito. Y, de alguna manera, o de muchas, tiene significado relevante en un país que tan mal trata su memoria, escudándose siempre en subterfugios y temores para no recuperar la verdadera historia de la dictadura y sus desmanes.

Entre enero de 1970 y diciembre de 1972 Dilma fue presa política. Tenía 22 años cuando cayó. Fue bárbara y salvajemente torturada. Jamás ocultó su trayectoria, pero tampoco mencionó sus cicatrices, excepto en las pocas veces en que fue desafiada. En esas veces contestó con dignidad, como cuando un senador derechista le preguntó, en una sesión del Congreso, si ella, que había mentido en la cárcel, también mentiría en el Senado. “En la tortura, señor senador –contestó Dilma–, muchas veces mentir significa salvar la vida de un compañero. Yo he sido brutalmente torturada, y mentí todo lo que pude.”

Como homenaje a su lucha –que fue también la de los brasileños que vivieron aquellos tiempos sombríos y se opusieron a la dictadura en la forma que fuese–, las once primeras invitaciones oficiales para las solemnidades de posesión de Dilma Rousseff han sido dirigidas a sus ex compañeras de celda. Entre los dos mil invitados a las ceremonias están decenas de ex militantes. Nunca antes en la historia de este país aquella generación que soñó tocar el cielo con las manos llegó, tan plenamente, a enfrentarse con la responsabilidad efectiva de gobernar a un Brasil que ciertamente es y será muy distinto al de sus sueños de entonces.

Sobre los hombros de Dilma pesan todos esos simbolismos con sus significados profundos, pero pesan también desafíos de gran envergadura. Sucede a un presidente extraordinariamente carismático, dueño de una popularidad sin parámetros, que le cambió la cara al país. Son desafíos específicos, y a ellos se suman otros: hay fuertes nubarrones en el escenario de la economía global, Brasil gastó en 2010 más de lo que sería sensato, serán necesarios ajustes impopulares. Las pugnas internas en la alianza de gobierno podrán provocar serias dificultades en la relación Poder Ejecutivo-Congreso. Las circunstancias la llevaron a armar un gabinete desigual, en gran parte heredado a contragusto del gobierno de Lula. No será gran sorpresa si ya en su primer año de gobierno Dilma decide cambiar ministros.

El consistente crecimiento de la economía en 2010 (7,6 por ciento) no se repetirá en 2011, pero será igualmente significativo (las previsiones apuntan hacia un crecimiento de 4,5 por ciento). Esa herencia benéfica contribuirá para que los niveles de desempleo se mantengan bajos y para que los programas sociales de su antecesor sean ampliados y profundizados. Si no dispone del carisma o del brillo de tribuno de Lula, Dilma cuenta con amplia y sólida experiencia como gestora pública. Ya no habrá aquel humor irresistible, la formidable capacidad de improviso, la increíble intuición política. Dilma es una persona más cerrada, más determinada, que detesta ser desacatada, con una capacidad de exigencia que llega a asustar.

Hace cuatro décadas hizo parte de una generación que no temió sacrificarse en una lucha desigual contra una dictadura feroz, que duró 29 años (1964-1985) y costó mucha sangre y mucho dolor. Ahora, aquella generación realmente llega al poder. Y llega no por de las armas, pero sí gracias a un vendaval de democracia.

En las urnas, Dilma obtuvo poco más de 56 por ciento de los votos. Un porcentaje mayor de brasileños –64 por ciento– declara estar optimista con su llegada al gobierno.

Ver discurso en español y portugués

Rousseff se compromete a “erradicar la miseria con la creación de oportunidades para todos”

Tras haber obtenido más del 55% de los votos, Dilma Rousseff dio su primer discurso como presidenta electa de Brasil en el que aseguró que velará por la Constitución y trabajará por “erradicar la miseria con la creación de oportunidades para todos los brasileños y todas la brasileñas”.

“Esta ambiciosa meta no será realizada sólo por el gobierno. Esta meta es a la vez un llamado a la nación, a los empresarios a los trabajadores, a las iglesias, a las entidades civiles, a las universidades, a la prensa a los gobernadores y a todas las personas de nuestro país para que trabajemos en función de ella”, expresó la mandataria electa que sucederá al actual Presidente Luiz Inácio Lula Da Silva.

“No podemos descansar mientras haya brasileños con hambre, familias que viven en las calles, niños abandonados a su suerte y mientras reine la droga”, enfatizó Rousseff.

La mandataria petista también reconoció los grandes avances sociales y económicos que deja Lula a Brasil y se comprometió a continuar la senda de prosperidad.

“La convicción de erradicar la pobreza no viene de una certeza teórica sino de la experiencia viva del gobierno del Presidente Lula, en el cual se hizo realidad un sueño que parecía imposible. Ahora comenzaremos esta nueva era de prosperidad”, añadió.

De igual forma, expresó su voluntad de avanzar hacia la plena independencia económica de Brasil e impulsar la apertura de las relaciones comerciales “para poner fin al proteccionismo de los países ricos”.

“Tenemos que tener nuestras propias políticas, nuestro propio mercado, nuestras medidas de ahorro y decisiones económicas. Con esto, estoy lejos de decir que pretendemos cerrar el país al mundo”, puntualizó.

Rousseff también criticó la ineficacia de las medidas tomadas por muchos organismos financieros internacionales para afrontar la actual crisis mundial y que han perjudicado a los más pobres, al tiempo que anunció que buscará el establecimiento de reglas claras en el ámbito internacional que permitan “limitar la especulación desmedida que aumenta la volatilidad de nuestras monedas”.

Una de las primeras en felicitarla fue Cristina Fernández

La presidenta argentina Cristina Fernández destacó la importancia del triunfo de la mandataria electa de Brasil, Dilma Rousseff, "para la continuidad" del proceso político de Latinoamérica, al felicitarla vía telefónica por su triunfo en el balotaje presidencial de su país este domingo.

“Bienvenida al club de las compañeras de género", añadió Fernández en su primera declaración, difundida por fuentes oficiales, tras la muerte -el miércoles pasado- de su marido, el ex presidente Néstor Kirchner.

(Con información de La Radio del Sur)