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| La murmuración y el diablo de Hans Weiditz (1488-1534) |
El caso en cuestión está dado por la aviesa práctica del chisme, el brete, el chanchullo sustentado, como es su naturaleza, por la falta de valor personal. Uno de los presentes en una reunión a la que asistí, pidió la palabra y dijo: “Una persona que por ética no puedo decir me planteó que…” y ahí mismo soltó un rosario de señalamientos críticos contra la administración del centro y el sindicato. Lo triste del caso es que los señalamientos quedaron despersonalizados; “esa etérea persona” a la que inicialmente hizo referencia el expositor parecía alguien omnipresente y con el don de la oblicuidad; parecía haber sido testigo en todos y cada uno de los casos expuestos aún cuando distaban unos de otros en tiempo y espacio. Lo inaudito es que los participantes en la reunión asumimos (yo entre ellos) el “supuesto testimonio” de ese alguien como algo preocupante que debía urgentemente analizarse.
