Norelys Morales Aguilera.— Marco Rubio tiene a Cuba en el centro de su discurso político. Pero ¿se trata únicamente de una confrontación ideológica con la Isla o también de una estrategia relacionada con sus propias aspiraciones de poder en Estados Unidos?
La pregunta merece atención, porque la política hacia Cuba no se desarrolla en el vacío. También forma parte de las disputas internas de la política estadounidense, donde el anticomunismo continúa siendo una herramienta de movilización electoral.
Desde su llegada a la Secretaría de Estado, Rubio ha mantenido una línea de especial dureza contra el Gobierno cubano. Su discurso presenta a Cuba como una amenaza para la seguridad estadounidense y vincula a la Isla con actividades de espionaje, subversión y apoyo a fuerzas consideradas adversarias por Washington.
El problema aparece cuando las acusaciones políticas se presentan como verdades demostradas sin distinguir entre hechos documentados, interpretaciones y afirmaciones que requieren pruebas.
En julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un extenso informe dedicado a presentar a Cuba como un centro internacional del comunismo y de la actividad subversiva. El documento reconstruye episodios históricos y los conecta con las preocupaciones actuales de Washington.
La cuestión no es negar que entre ambos países existan conflictos reales ni que sus gobiernos mantengan profundas diferencias. Se trata de examinar cómo se construye el relato oficial, qué hechos se seleccionan y cuáles quedan fuera de la narración.
Porque la propaganda política no siempre consiste en inventar una historia de principio a fin. También puede funcionar mediante la selección interesada de acontecimientos, la repetición de determinadas acusaciones y la presentación de interpretaciones políticas como si fueran conclusiones indiscutibles.
En este caso, Cuba aparece retratada simultáneamente como un país debilitado, al borde del colapso, y como una amenaza extraordinariamente poderosa, capaz de influir en la política y la sociedad estadounidenses.
La contradicción es evidente. Si Cuba carece de recursos y atraviesa una profunda crisis económica, ¿cómo se explica que sea presentada al mismo tiempo como una potencia capaz de amenazar la seguridad de Estados Unidos?
La respuesta está, en parte, en la utilidad política de ambas imágenes. Una Cuba supuestamente frágil sirve para defender la idea de que las sanciones están debilitando al Gobierno cubano. Una Cuba presentada como una amenaza permite justificar nuevas medidas de presión y alimentar el temor entre determinados sectores de la opinión pública.
Y aquí aparece otro elemento fundamental: la política interna estadounidense.
Rubio conoce bien el peso electoral de la comunidad cubanoamericana, particularmente en Florida, y la importancia que la confrontación con Cuba tiene para determinados sectores conservadores. Una posición de máxima dureza puede reforzar su imagen entre esos grupos y consolidar una base política que podría resultar decisiva en futuras disputas electorales.
Las elecciones presidenciales de 2028 forman parte de ese horizonte. Aunque una eventual candidatura no debe confundirse con una decisión oficialmente confirmada, las aspiraciones presidenciales atribuidas a Rubio ayudan a entender por qué Cuba ocupa un lugar tan visible en su discurso.
La confrontación con La Habana le permite proyectar una imagen de firmeza, defender su credencial anticomunista y presentarse ante sectores de la derecha estadounidense como un dirigente dispuesto a llevar esa política hasta sus últimas consecuencias.
Pero hay una diferencia importante entre obtener beneficios políticos de una confrontación y resolver los problemas que esa confrontación dice combatir.
Las sanciones económicas afectan las posibilidades de funcionamiento de la economía cubana y repercuten en la vida cotidiana de la población. Al mismo tiempo, Washington presenta esas medidas como instrumentos para provocar cambios políticos en la Isla.
La pregunta es cuánto de esta política responde a una evaluación objetiva de sus resultados y cuánto a la necesidad de mantener una narrativa de enfrentamiento.
También importa observar el papel de los medios y las redes sociales. La repetición de mensajes, las declaraciones oficiales y la difusión de acusaciones pueden crear la impresión de que existe un consenso amplio, incluso cuando muchas afirmaciones necesitan ser examinadas con mayor rigor.
En ese escenario, el periodismo tiene una responsabilidad esencial: contrastar las declaraciones, identificar los intereses que hay detrás de los mensajes y separar los hechos comprobables de la propaganda.
Cuba no debe analizarse únicamente a través de lo que dicen sus adversarios, del mismo modo que las decisiones de Washington no pueden explicarse solo mediante sus declaraciones oficiales. Hace falta mirar los intereses económicos, las relaciones de poder y las consecuencias concretas de cada decisión.
Al final, la cuestión va más allá de Marco Rubio y de sus posibles aspiraciones presidenciales.
Se trata de comprender cómo un conflicto internacional puede convertirse también en un instrumento de la política interna de una gran potencia. Y cómo una nación pequeña puede ser utilizada como símbolo, amenaza o bandera electoral, según las necesidades del momento.
Porque cuando la política exterior se convierte en plataforma de promoción personal, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿quién obtiene los beneficios políticos de la confrontación y quién termina pagando sus consecuencias?
En el caso de Cuba, esa pregunta tiene una dimensión humana que no debería perderse de vista. Detrás de los discursos, las sanciones y las disputas electorales hay millones de personas cuya vida cotidiana depende, en buena medida, de decisiones tomadas muy lejos de sus hogares.
Y comprender esa realidad es el primer paso para mirar más allá de la propaganda.
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