Cuba bajo asedio, pero no derrotada

Respuesta de la Revolución a las amenazas de Trump

Luciano Vasapollo. Resumen Latinoamericano.— Hay una imagen que, más que ninguna otra, capta la trascendencia histórica del momento: más de medio millón de personas congregadas en la Tribuna Antiimperialista José Martí de La Habana, el Día del Trabajo. No se trató de una simple celebración, sino de una manifestación política colectiva y consciente. Un pueblo que se unió en torno a su historia y su futuro en medio de crecientes amenazas y presiones externas, particularmente de Estados Unidos, liderado por Donald Trump y apoyado por sectores de la diáspora cubana en Miami, representados por el Secretario de Estado Marco Rubio.

La respuesta de Cuba es inequívoca. Es firme, detallada y profundamente política. Y se refleja en las palabras del presidente Miguel Díaz-Canel y del canciller Bruno Rodríguez Parrilla, quienes han expuesto claramente la situación en los últimos días: no solo un endurecimiento del bloqueo, sino una escalada total que roza la amenaza militar.

Rodríguez Parrilla no se anda con rodeos: «Rechazamos enérgicamente las recientes medidas coercitivas unilaterales adoptadas por el gobierno de Estados Unidos», denunciando lo que abiertamente denomina «un castigo colectivo al pueblo cubano». Pero es en su extenso discurso ante la reunión de solidaridad internacional donde se evidencia la gravedad de la crisis: «Vivimos un período particularmente peligroso para la humanidad y para Cuba. La proliferación de medidas coercitivas unilaterales está sumiendo al mundo en una crisis multidimensional y amenazando a Cuba, que se encuentra en la mira del imperialismo».

Por lo tanto, no se trata de una simple disputa bilateral. Es un patrón de presión global que socava la soberanía de los Estados y redefine las relaciones internacionales. El ministro cubano recuerda el tristemente célebre Memorándum Mallory, denunciando una inquietante continuidad histórica: «Provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno. Esta sigue siendo, incluso hoy, la esencia de la política estadounidense contra Cuba».

El elemento más grave hoy en día es el llamado “bloqueo energético”, que La Habana considera sin reservas “un acto de guerra”. Las sanciones contra quienes exportan combustible a Cuba representan un salto cualitativo: “Cuando el gobierno de Estados Unidos persigue a quienes exportan combustible… afecta los servicios médicos… perjudica la vida de millones y millones de personas… intenta sembrar la desesperación”.

Sin embargo, es precisamente en este terreno donde emerge la fortaleza estructural del sistema cubano. Rodríguez Parrilla lo subraya claramente: «Cuba es un Estado asediado, Cuba es un Estado atacado, no un Estado ineficiente». Una afirmación que desmantela una de las principales narrativas occidentales y que se ve confirmada por la resiliencia cotidiana del pueblo cubano.

La respuesta política es igualmente clara. Cuba está abierta al diálogo, pero establece límites infranqueables: «Jamás discutiremos con Estados Unidos asuntos que conciernen exclusivamente a la soberanía y la autodeterminación de los cubanos». Este es el meollo de la cuestión: no solo resistencia, sino autodeterminación.

Las declaraciones de Trump, recogidas por el propio ministro, marcan un nuevo salto cualitativo en su retórica agresiva: la idea de “llegar y destruirlo todo” o la provocativa imagen de un portaaviones a 90 metros de la costa cubana. Estas palabras, aunque enmarcadas en un contexto mediático, tienen un peso geopolítico real. La respuesta cubana no es de miedo, sino de disuasión: “Cuba sería un nido de avispas… una trampa mortal… el escenario de una guerra para todo el pueblo si el imperialismo estadounidense se atreviera a atacarnos”.

No menos importante es el llamado a la dimensión global de la solidaridad. Más de 800 delegados internacionales presentes en La Habana, en representación de decenas de países y organizaciones, demuestran que Cuba no está aislada. De hecho, como subraya Rodríguez Parrilla, se está consolidando un frente multipolar de solidaridad internacional.

Por su parte, el presidente Díaz-Canel ha reiterado en repetidas ocasiones que la respuesta de Cuba se basa en la unidad y la continuidad revolucionarias. La movilización de más de cinco millones de ciudadanos en todo el país es la señal más clara: la legitimidad del proyecto socialista no es un mero vestigio ideológico, sino una realidad palpable.

En este contexto, también se evidencia el papel de la diáspora más radical de Miami, representada políticamente por Rubio, que continúa ejerciendo una influencia significativa en la configuración de las políticas estadounidenses hacia Cuba. Esta diáspora, como denuncia La Habana, ha estado históricamente “comprometida por el terrorismo” y ahora forma parte de una estrategia más amplia de presión y desestabilización.

Pero la verdadera pregunta hoy es otra: ¿hasta dónde puede llegar esta escalada? ¿Y cuál será la respuesta de la comunidad internacional? Rodríguez Parrilla plantea una pregunta que resuena mucho más allá de Cuba: “¿Qué justificación podría haber para… un acto de barbarie… que cause destrucción y sufrimiento?”.

Es una cuestión que pone en entredicho no solo a Washington, sino a todo el sistema internacional.

Cuba, por su parte, se mantiene firme en su postura: «Cuba no amenaza a nadie… Cuba se defiende, se defiende con ideas y se defenderá con armas». Una declaración que resume sesenta años de historia y que hoy cobra una relevancia trascendental.

En el mundo inestable y fragmentado de 2026, la isla caribeña sigue representando un punto de resistencia simbólica y política. No una reliquia del pasado, sino un laboratorio viviente de soberanía, justicia social y conflicto global.


Fuente: Faro di Roma. 

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