Norelys Morales Aguilera.- Cuando Donald Trump habla de destruir una civilización como la persa, no estamos ante una frase más. No es retórica vacía. Es una señal de peligro.
Y frente a eso, callar no es neutralidad. Es complicidad.
Durante años nos han enseñado a mirar los conflictos como un tablero de ajedrez: intereses, estrategias, equilibrios. Pero hoy esa explicación ya no alcanza. Como advierte el economista Jeffrey Sachs, hay algo más inquietante en juego: la psicología del poder.
Cuando el lenguaje abandona cualquier límite y se instala en la amenaza de aniquilación, lo que se rompe no es solo la diplomacia. Se rompe la idea misma de racionalidad.
Entonces ya no se trata de negociar. Se trata de imponer.
No se trata de resolver conflictos. Se trata de dominar.
Y ese giro no aparece de la nada. Tiene historia. Irak, Libia, Afganistán, Siria… nombres que no son excepciones, sino huellas de una política sostenida de intervención y cambio de régimen.
Pero lo más alarmante es el presente.
Porque si los frenos institucionales fallan —si el Congreso de Estados Unidos no actúa, si las voces prudentes son desplazadas— entonces el poder queda liberado de sus límites. Y cuando eso ocurre, la historia deja de ser previsible.
Se vuelve peligrosa.
No estamos ante un debate académico. Estamos ante una amenaza real, con consecuencias que podrían ser irreversibles.
Por eso no basta con analizar. No basta con observar.
Hay que decirlo con claridad: no en nuestro nombre. Por favor, estadounidences, ciudadanos del mundo.
Porque cuando el poder pierde la razón, el silencio deja de ser una opción. Y la responsabilidad —incómoda, urgente, ineludible— pasa a ser de todos.
Cuando amenazan con arrasar, callar no es prudencia: es complicidad.

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