Cuando el imperio deja de ser necesario

Foto: ALAI.net
Iñaki Errazkin*.- Los imperios siempre han sido detestados, pero EE. UU. no está en crisis porque el mundo lo odie. Está en crisis porque empieza a ser prescindible. Y esa es la madre del cordero.

Durante décadas, su hegemonía se ha sostenido sobre un hecho incuestionable: el mundo necesitaba consumir Estados Unidos. 

Podía bombardear, sancionar, derrocar gobiernos y violar a sus anchas el derecho internacional, pero sus coches se seguían comprando, su tecnología se seguía usando y sus películas barrían en las carteleras.

Ahora, ese pacto tácito se está rompiendo, no por odio, sino porque hay otras opciones.

Lo de Venezuela no es una anomalía, sino una advertencia. 

No se castiga al país bolivariano por “autoritarismo”, sino por atreverse a gestionar sus recursos estratégicos fuera del control de Washington

Cada sanción imperial busca disciplinar, no corregir. Y al hacerlo, EE. UU. revela su profundo miedo no solo a perder territorios o recursos, sino a perder el control de las reglas del juego global. De sus reglas de juego.

China lo ha entendido mejor que nadie. 

En lo que llevamos de siglo XXI, se está demostrando que el poder se ejerce con economía, logística, finanzas y cadenas de suministro, no solo con portaaviones

Mientras Washington amenaza, China construye alternativas reales. 

No por altruismo, sino por interés propio. 

Cada país que escapa a la tutela estadounidense ensancha el espacio de un mundo multipolar y policéntrico.

El Sur Global ya ha aprendido la lección más dura: depender de EE. UU. no es protección, sino vulnerabilidad permanente. 

Las sanciones no son excepciones. Son el método habitual. 

Por eso, diversificar socios, monedas y tecnologías ha dejado de ser ideología. Es ya supervivencia básica.

Y aquí está la grieta que el imperio no va a poder cerrar: el consumo.

En el pasado año 2025, las marcas chinas vendieron cerca de 27 millones de vehículos en todo el mundo, superando por primera vez a las japonesas y consolidándose como el mayor vendedor del planeta. 

Las exportaciones chinas alcanzaron alrededor de seis millones de unidades, lo que supuso un récord histórico.

Han penetrado fuertemente en mercados emergentes como México, Brasil, Sudeste Asiático y África, donde los automóviles chinos (sobre todo los eléctricos) son más baratos, comparables en calidad y cada vez más asequibles. 

El “desacoplamiento silencioso” del consumo masivo de productos estadounidenses ya es una realidad visible.

No hace falta un boicot épico. Basta con elegir la alternativa más lógica en el día a día de los pueblos.

En el ámbito financiero pasa algo parecido, aunque de manera más lenta. 

El dólar sigue representando alrededor del 57 % de las reservas globales, pero el comercio bilateral avanza rápidamente en monedas locales.

Rusia y China ya realizan más del 99 % de su intercambio en rublos y yuanes. Y Rusia e India superan el 90 %. 

Tic tac, tic tac.

Cada acuerdo de este tipo erosiona un poco más la centralidad del dólar.

Y aunque el imperio estadounidense todavía tiene una enorme inercia residual, solo podrá mantener su posición de “primero entre desiguales” durante una o dos décadas más. 

Porque esa inercia no va a ser eterna. 

Y aquí está la paradoja definitiva: cuanto más agresivo e impredecible se vuelva Washington, más rápido obligará al resto del mundo a acelerar su autodefensa.

Cada amenaza empuja a más países a buscar y encontrar otras salidas. Cada "sanción" construye alternativas. Cada gesto imperialista reduce su centralidad y su esperanza de vida.

La esperanza de vida del imperio se acorta velozmente por sus propias decisiones. 

El ritmo del declive lo dicta el propio imperio.

No creo que su final vaya a ser espectacular. No habrá capitulación ni foto histórica. 

El imperio no caerá al vacío, pero se irá vaciando mientras cae. 

Conservará durante su agonía sus bases militares, sus discursos grandilocuentes y sus portaaviones, pero cuando un imperio deja de ser necesario… ya ha perdido. Aunque no lo sepa o no lo quiera creer./X.com

(*) Escritor y divulgador científico. Miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York y de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

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