Houtart en mi memoria

Foto: lalibre.be
Jorge Ángel Hernández.─ En estos días en que las notas de muertes y los obituarios se suceden con saña un tanto misteriosa, se suma la del fallecimiento de François Houtart, ensayista, sociólogo, sacerdote, teólogo de la Liberación, activista y luchador incansable. Lo ví en La Habana alguna que otra vez, con la distancia del autor asediado, aunque solícito, y roí algunas pistas en su libro Mercado y religión, publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2007.

Recuerdo, con la persistencia del suceso que pasa a arraigarse en la memoria, los días del VIII Encuentro de Intelectuales y Artistas en defensa de la Humanidad en 2010, en Caracas, Venezuela. Hubo debates agudos, diferencias; variables, como es normal que ocurra entre gente de tan diversa formación y procedencia, pero su voz marcaba dones conclusivos, instaba a seguir más allá de las contrapelusas que a veces nublan debates cruciales como ese. Su intervención en el teatro Teresa Carreño, para todo el plenario, fue relativamente extensa y subyugante; había un silencio expectante que de pronto quebró por una falla del audio de la traducción al inglés. Cuando alguien le explicó qué sucedía, su reacción inmediata fue decir, con una pícara sonrisa: I can continue in English.

Algunos nos reímos, cómplices de su picardía; otros, lo más acaso, de un lunetario extensamente poblado, protestaron, a punto de enojarse por el peligro de perder sus palabras.

Y recuerdo, además, de ese mismo evento donde tan cerca lo tuve tantas veces, una cena, siempre tardía y en tránsito de una actividad a otra, en que pasó hacia la mesa donde lo reclamaban. Mi memoria conserva el rostro de los comensales de la mesa contigua en que me había sentado, que eran intelectuales suramericanos de vivaz activismo. Lo miraron pasar con admiración de sana envidia, sin poder evitar un intento de saludo que tal vez se repetía por enésima vez en el evento, acaso deseando que cambiara su ruta y los acompañara. “Ese sí se batió con el fusil al hombro”, dijo uno, mientras el otro asentía, dejando que el asentimiento se extendiera de su mesa a la nuestra, hasta convertirse en esa imagen de rostro que no olvido, en ese juicio que concentra una foja de méritos extensa y productiva.

Me fue difícil, lo admito, visualizar a aquel hombre detrás de la culata, apuntando hacia otra vida a través del cañón que salvaba su vida. Pero los rostros contiguos a mi mesa lo decían claramente y con admiración insobornable.

Con el fusil de las ideas al hombro, o en ristre, seguirá François Houtart a esta hora, mientras nosotros gastamos el tiempo lamentando su pérdida, diciendo adiós a quien en verdad no se despide, aunque le sobren lenguas para hacerlo.

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