Marcela Turati.-- Si los restos encontrados en las fosas no son de los 43 estudiantes, ¿de quiénes son? La pregunta atizó el corazón arrasado, vuelto carbón, triturado en pedacitos, de decenas de familias que se amarraron el miedo para plantearla en voz alta en la iglesia de San Gerardo María Mayela. En cuanto se encontraron unos con otros y se palparon los mismos daños, se reconocieron los mismos síntomas de los muertos en vida, soltaron un llanto cavernoso, añejo por el tiempo almacenado, que se convirtió en sonido de fondo de la reunión.
Eran más de 70 personas –mujeres, casi todas: madres, esposas, hermanas, hijas– que acudieron a la convocatoria publicada en un periódico para que todas las personas que tuvieran a un familiar desaparecido en la zona del hallazgo de las últimas fosas, registraran a su ausente y se tomaran muestras de ADN. También se discutiría si saldrían a excavar fosas comunes con sus propias manos para identificar a los suyos, ya que las autoridades no han querido hacerlo.
