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¿Cómo vindicar a Cuba?

 "Una vez más deseo llamar la atención sobre el ejercicio de la comunicación política, institucional y social, por la profunda insatisfacción que nos provocan los errores y vacíos constantes cada vez que se implementan normas y se aprueban decisiones que se presentan sin la debida información complementaria o las explicaciones imprescindibles, favoreciendo distorsiones y mentiras de los medios asociados a la contrarrevolución, lo que termina por contaminar con mensajes tóxicos en redes a la opinión pública nacional, donde aparecen lógicas incomprensiones que enrarecen el ambiente alrededor de cualquier medida de importancia.

Tener la verdad de nuestro lado no basta. Como servidores públicos tenemos el deber, la responsabilidad y el compromiso con el pueblo de explicar el origen, la motivación y los objetivos de cada decisión o norma. Cuando nos enfrentamos a los vacíos y tergiversaciones detrás de cada decisión o norma, es lícito preguntar ¿qué papel cumplen los grupos de comunicación de los organismos si se limitan a ser simples tramitadores de papeles, a veces intraducibles al lenguaje común? ¿Por qué nuestros medios se conforman con reproducir la letra de la ley sin explicar sus propósitos?

Saludo a los líderes de opinión que se han convertido en tales por el acceso privilegiado a las noticias que les garantizan sus medios y son veloces y efectivos al llevarlas a las redes; pero todavía son muy pocos los que emplean sus espacios para ampliar la información, o muy poco amplificados por los propios medios. Seguimos desaprobados en esa asignatura clave para nuestra época.

En los últimos años y como parte de la feroz campaña contra la Revolución, hoy no es posible navegar por las redes sin tropezar con una avalancha de obscenidades, insultos, ofensas y mentiras, concebidas para denigrar a todo el que asuma una responsabilidad dentro de la institucionalidad, incluso a todo el que decida vivir dentro del país sin denigrarlo. Da vergüenza ver a cubanas y cubanos, nacidos, crecidos y preparados profesionalmente aquí, cómo destilan odio, rabia y desprecio contra la nación que los formó, como si se sintieran parte del “Norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

En marzo de 1889, es decir, hace 135 años, un periódico de Filadelfia osó burlarse de los cubanos, cargándoles todo tipo de adjetivos denigrantes y catalogándolos como “deficientes en moral”.

Desde Nueva York y robando tiempo a su febril actividad política, José Martí respondió las ofensas con su insuperable Vindicación de Cuba. Nuestra Patria está necesitando en las redes sociales de hoy otra apasionada defensa del carácter, el valor y la moral de sus hijos, que limpie la costra tenaz del servil colonizado capaz de insultar a los suyos por garantizar cobija bajo el ala del águila que persigue y maltrata a sus compatriotas

 Hagamos todos diariamente, participando en las redes sociales, una Vindicación de Cuba, de la Cuba actual que resiste y crea bajo amenazas y tormentas." (Miguel Díaz-Canel Miguel Díaz-Canel Bermúdez en la clausura del Cuarto Periodo Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular. 21 de Diciembre de 2024) 

 Vindicación de Cuba

Nueva York, 21 de marzo de 1889 Señor Director de The Evening Post

Señor: Ruego a usted que me permita referirme en sus columnas a la ofensiva crítica de los cubanos publicada en The Manufacturer de Filadelfia, y reproducida con aprobación en su número de ayer.

No es éste el momento de discutir el asunto de la anexión de Cuba. Es probable que ningún cubano que tenga en algo su decoro desee ver su país unido a otro donde los que guían la opinión comparten respecto a él las preocupaciones sólo excusables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia. Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter. Hay cubanos que por móviles respetables, por una admiración ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento de sus propias fuerzas en mejores condiciones políticas, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencia de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos. Pero los que han peleado en la guerra, y han aprendido en los destierros; los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil; los que por su mérito reconocido como científicos y comerciantes, como empresarios e ingenieros, como maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva y actividad poco común, se ven honrados donde quiera que ha habido ocasión para desplegar sus cualidades, y justicia para entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados, fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no tenían antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto; esos, más numerosos que los otros, no desean la anexión de Cuba a los Estados Unidos. No la necesitan.

Admiran esta nación, la más grande de cuantas erigió jamás la libertad; pero desconfían de los elementos funestos que, como gusanos en la sangre, han comenzado en esta República portentosa su obra de destrucción. Han hecho de los héroes de este país sus propios héroes, y anhelan el éxito definitivo de la Unión Norte-Americana, como la gloria mayor de la humanidad; pero no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad, donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado de poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln tanto como tenemos a la patria de Cutting.

No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, justo con los demás pueblos de la América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores. Hemos sufrido impacientes bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, y algunas veces como gigantes para ser libres; estamos atravesando aquel período de reposo turbulento, lleno de gérmenes de revuelta, que sigue naturalmente a un período de acción excesiva y desgraciada; tenemos que batallar como vencidos contra un opresor que nos priva de medios de vivir, y favorece, en la capital hermosa que visita al extranjero, en el interior del país, donde la presa se escapa de su garra, el imperio de una corrupción tal que llegue a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar la libertad. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.

Pero, porque nuestro gobierno haya permitido sistemáticamente después de la guerra el triunfo de los criminales, la ocupación de la ciudad por la escoria del pueblo, la ostentación de riquezas mal habidas por una miríada de empleados españoles y sus cómplices cubanos, la conversión de la capital en una casa de inmoralidad, donde el filósofo y el héroe viven sin pan junto al magnífico ladrón de la metrópoli; porque el honrado campesino, arruinado por una guerra en apariencia inútil, retorna en silencio al arado que supo a su hora cambiar por el machete; porque millares de desterrados, aprovechando una época de calma que ningún poder humano puede precipitar hasta que no se extinga por sí propia, practican, en la batalla de la vida en los pueblos libres, el arte de gobernarse a sí mismos y de edificar una nación; porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar, como The Manufacturer nos llama, un pueblo afeminado? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse en un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir–estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceitunas–de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron como esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, echar a volar una cabeza, o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro.

Estos cubanos afeminados tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.

Los cubanos, dice The Manufacturer, tienen "aversión a todo esfuerzo", "no se saben valer", "son perezosos. "Estos "perezosos" que "no se saben valer", llegaron aquí hace veinte años con las manos vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra el clima; dominaron la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en holgura, unos cuantos ricos, rara vez en la miseria; compraron o construyeron sus hogares; crearon familias y fortunas; gustaban del lujo, y trabajaban para él: no se les veía con frecuencia en las sendas oscuras de la vida: independientes, y bastándose a sí propios, no temían la competencia en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto a morir en su hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa ni la simpatía de raza. Un puñado de trabajadores cubanos levantó a Cayo Hueso.

Los cubanos se han señalado en Panamá por su mérito como artesanos en los oficios más nobles, como empleados, médicos y contratistas. Un cubano, Cisneros, ha contribuido poderosamente al adelanto de los ferrocarriles y la navegación de ríos de Colombia. Márquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas, el respeto del Perú como comerciante eminente. Por todas partes viven los cubanos, trabajando como campesinos, como ingenieros, como agrimensores, como artesanos, como maestros, como periodistas. En Filadelfia, The Manufacturer tiene ocasión diaria de ver a cien cubanos, algunos de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso, que viven de su trabajo en cómoda abundancia. En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos con clientela del país, ingenieros de reputación universal, electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos. El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua.

En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las Universidades ha sido, más de una vez, de los cubanos. Y las mujeres de estos "perezosos", "que no se saben valer", de estos enemigos de "todo esfuerzo", llegaron aquí, recién venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno: sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la "señora" se puso a trabajar: la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador; cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal; rizó plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo; ¡éste es el pueblo "deficiente en moral!"

Estamos "incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía en un país grande y libre. " Esto no puede decirse en justicia de un pueblo que posee–junto con la energía que construyó el primer ferrocarril en los dominios españoles y estableció contra un gobierno tiránico todos los recursos de la civilización–un conocimiento realmente notable del cuerpo político, una aptitud demostrada para adaptarse a sus formas superiores, y el poder, raro en las tierras del trópico, de robustecer su pensamiento y podar su lenguaje.

La pasión por la libertad, el estudio serio de sus mejores enseñanzas; el desenvolvimiento del carácter individual en el destierro y en su propio país, las lecciones de diez años de guerra y de sus consecuencias múltiples, y el ejercicio práctico de los deberes de la ciudadanía en los pueblos libres del mundo, han contribuido, a pesar de todos los antecedentes hostiles, a desarrollar en el cubano una aptitud para el gobierno libre tan natural en él, que lo estableció, aun con exceso de prácticas, en medio de la guerra, luchó con su mayores en el afán de ver respetadas las leyes de la libertad, y arrebató el sable, sin consideración ni miedo, de las manos de todos los pretendientes militares, por gloriosas que fuesen.

Parece que hay en la mente cubana una dichosa facultad de unir el sentido a la pasión, y la moderación a la exuberancia. Desde principios del siglo se han venido consagrando nobles maestros a explicar con su palabra, y practicar en su vida, la abnegación y tolerancia inseparables de la libertad. Los que hace diez años ganaban por mérito singular los primeros puestos en las Universidades europeas, han sido saludados, al aparecer en el Parlamento español, como hombres de sobrio pensamiento y de oratoria poderosa. Los conocimientos políticos del cubano común se comparan sin desventaja con los del ciudadano común de los Estados Unidos. La ausencia absoluta de intolerancia religiosa, el amor del hombre a la propiedad adquirida con el trabajo de sus manos, y la familiaridad en práctica y teoría con las leyes y procedimientos de la libertad, habituarán al cubano para reedificar su patria sobre las ruinas en que la recibirá de sus opresores. No es de esperar, para honra de la especie humana, que la nación que tuvo la libertad por cuna, y recibió durante tres siglos la mejor sangre de hombres libres, emplee el poder amasado de este modo para privar de su libertad a un vecino menos afortunado.

Acaba The Manufacturer diciendo "que nuestra falta de fuerza viril y de respeto propio está demostrada por la apatía con que nos hemos sometido durante tanto tiempo a la opresión española", y "nuestras mismas tentativas de rebelión han sido tan infelizmente ineficaces, que apenas se levantan un poco de la dignidad de una farsa. "Nunca se ha desplegado ignorancia mayor de la historia y el carácter que en esta ligerísima aseveración. Es preciso recordar, para no contestarla con amargura, que más de un americano derramó su sangre a nuestro lado en una guerra que otro americano había de llamar "una farsa. " ¡Una farsa, la guerra que ha sido comparada por los observadores extranjeros a una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestra propias manos, la creación de pueblos y fábricas en los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los árboles, el tener a raya, en diez años de esa vida, a un adversario poderoso, que perdió doscientos mil hombres a manos de un pequeño ejército de patriotas, sin más ayuda que la naturaleza! Nosotros no teníamos hessianos ni franceses, ni Lafayette o Steuben, ni rivalidades de rey que nos ayudaran: nosotros no teníamos más que un vecino que "extendió los límites de su poder y obró contra la voluntad del pueblo" para favorecer a los enemigos de aquellos que peleaban por la misma carta de libertad en que él fundó su independencia: nosotros caímos víctimas de las mismas pasiones que hubieran causado la caída de los Trece Estados, a no haberlos unido el éxito, mientras que a nosotros nos debilitó la demora, no demora causada por la cobardía, sino por nuestro horror a la sangre, que en los primeros meses de la lucha permitió al enemigo tomar ventaja irreparable, y por una confianza infantil en la ayuda cierta de los Estados Unidos; "¡No han de vernos morir por la libertad a sus propias puertas sin alzar una mano o decir una palabra para dar un nuevo pueblo libre al mundo!" Extendieron "los límites de su poder en diferencia a España. " No alzaron la mano. No dijeron la palabra.

La lucha no ha cesado. Los desterrados no quieren volver. La nueva generación es digna de sus padres. Centenares de hombres han muerto después de la guerra en el misterio de las prisiones. Sólo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de las anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.

Soy de usted, señor Director, servidor atento, José Martí

New York, 21 de Marzo de 1889 120 Front Street

Vindicación de Cuba: Martí y la campaña mediática estadounidense


Vindicación de Cuba: Martí y la campaña mediática estadounidense

 Marlene Vázquez Pérez*,- Pensar en las actuales distorsiones de nuestra realidad, formuladas desde los centros de poder, lleva a indagar en los antecedentes de este hecho, siempre ligado a la preparación de la opi­nión pública internacional para algún tipo de agresión, ya sea militar, económica o política, contra la que Martí llamó Nuestra América.

Un ejemplo de gran actualidad en los tiempos que corren tuvo lugar el 25 de marzo de 1889, cuando el cubano José Martí, radicado entonces en Nueva York, respondió virilmente y con argumentos rotundos a una campaña difamatoria contra Cuba iniciada días antes en The Manufacturer, de Filadelfia, y de la que se hizo eco el rotativo neoyorquino The Evening Post. La carta al director de este diario ha pasado a la historia como Vin­dicación de Cuba, pues en ella se pone de manifiesto la valía de los cubanos, tildados de inútiles, afeminados, perezosos, cobardes, por la prensa norteamericana, como parte de una campaña de descrédito dirigida a delinear una imagen de “pueblo inferior”, incapaz de autogobernarse, con lo cual se intentaba justificar, a mediano plazo, la posibilidad de la anexión de la Isla, largamente apetecida por el gobierno norteño y precedida por varios intentos fallidos de comprarla a España.

El ofensivo artículo yanqui, titulado Do we want to Cuba? (¿Queremos a Cuba?), presentaba dos aristas del problema de la anexión, entonces en el tapete: de un lado, los atractivos ciertos de Cuba, tanto geográficos como económicos; de otro, las “deficiencias morales” de sus habitantes, a los que se refieren con olímpico desprecio. La respuesta martiana se dirige tam­bién a dos receptores fundamentales: de un lado, el lector norteamericano medio, que tiene una imagen falsa del ciudadano cubano, por lo cual la respuesta fue escrita y concebida en inglés, y publicada lo más rápidamente que le fue posible. De otro lado, a los cubanos anexionistas, para mostrarles la verdadera cara del gobierno al que admiraban desmedidamente. Por esa ra­zón, ya el 3 de abril de ese año escribe su nota introductoria al folleto Cuba y los Estados Unidos, que contiene la traducción al español de los dos artículos aparecidos en la prensa norteamericana, así como de su respuesta a la injuria. Es curioso que en la referida nota no ataque a los anexionistas, sino que se limite a ofrecer los antecedentes del asunto y conceda a los lectores el derecho de valorar libremente lo ocurrido:

“Cuando un pueblo cercano a otro puede verse en ocasión, por el extremo de su angustia política o por fatalidad económica, de desear unir su suerte a la nación vecina, debe saber lo que la nación vecina piensa de él, debe preguntarse si es respetado o despreciado por aquellos a quienes pudiera pensar en unirse, debe meditar si le conviene favorecer la idea de la unión, caso de que resulte que su vecino lo desprecia”.[1]

Seguidamente invita a la lectura de los tres textos, con lo cual se asegura la atención de unos receptores ya cautivados por la propuesta anterior, mucho más sugerente que la prédica directa o la censura. Incluso, comienza su respuesta a The Evening Post insistiendo en que ese no es el momento de debatir o no el problema de la anexión de Cuba, pues el asunto central es exponer la verdad sobre los cubanos, ofendidos en lo más hondo por las irrespetuosas declaraciones. Es cuidadoso en el modo en que se refiere a los anexionistas. Alude ampliamente, inclusive, a la honestidad de muchos de ellos y a su sentido del honor nacional, cualidades que, a su juicio, se impondrían por encima de cualquier conveniencia política o económica, en especial cuando tuvieran conocimiento de cuánto nos denigraba el citado artículo. Se extiende en el heroísmo cotidiano de los que llegaron a tierra extraña con las manos vacías después de haber luchado en la Guerra de los Diez Años, y fueron capaces de trabajar honradamente y vencer las muchas dificultades del entorno. Ellos constituían  la mayoría y no necesitaban ni deseaban la anexión:

“No es éste el momento de discutir el asunto de la anexión de Cuba. Es probable que ningún cubano que tenga en algo su decoro desee ver su país unido a otro donde los que guían la opinión comparten respecto a él las preocupaciones sólo excu­sables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia. Nin­gún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su ca­rácter”.[2]

Esas afirmaciones son de interés para todos los cubanos, independientemente de su posición ideológica y del lugar de re­sidencia, pues nadie que se sienta parte de una colectividad, gu­s­ta de ser tratado como inferior. En las cartas personales que es­cribió en época cercana al hecho, es posible constatar cuánta re­percusión alcanzó entre sus amigos y colaboradores, partidarios de la independencia de Cuba, su respuesta a la ofensa. No debe olvidarse que 1889 sería también el año de la Con­ferencia Panamericana, y que a la prevención y preparación de la defensa continental frente a las argucias imperiales dedicaría Martí todas sus energías.

Es posible hablar de una estrategia comunicativa muy bien pensada, por parte de Martí, respecto a Vindicación de Cuba.

Hizo llegar a la patria su réplica al ultraje, pues mantenía correspondencia habitual con lo mejor de la intelectualidad cubana asentada en la Isla. La Habana Elegante publicó un artículo, en su sección Carta de Nueva York, el 28 de abril de 1889, titulado Cuba y los Estados Unidos, en el que se aludía a la publicación del folleto homónimo de Martí.

Aparentemente Enrique Her­nández Miyares, director de dicha publicación, informaba respecto a un acontecimiento editorial de interés para el lector cu­bano, y cita in extenso el texto de Martí, aclarando en más de una ocasión que reproducen sus ideas y opiniones. En realidad, estaba difundiendo en la Isla, a despecho de las prohibiciones del gobierno español, un texto de hondo contenido independen­tista y antimperialista.

En Vindicación de Cuba resalta Martí el éxito de muchos emigrados en lo profesional o en sus negocios, pero reconoce los matices de la admiración que profesaban a los Estados Unidos:

“Admiran esta nación, la más grande de cuantas erigió jamás la libertad; pero desconfían de los elementos funestos que, como gusanos en la sangre, han comenzado en esta República portentosa su obra de destrucción. Han hecho de los héroes de este país sus propios héroes, y anhelan el éxito definitivo de la Unión Norteamericana […] pero no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible,[3] estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad […] Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting”. [4]

El cubano emigrado, que se ha levantado a sí mismo con el trabajo honrado, no puede dejar de observar con recelo la descomposición de esa sociedad y su apego a la riqueza y a la práctica del egoísmo y el individualismo. Aun así, Martí no desdeña la ocasión de mover los probables resortes afectivos entre am­bos pueblos, y de reconocer el ejemplo que Estados Unidos dio al mundo en sus momentos de gloria.

La contraposición Lincoln-Cutting desentierra, para el lector estadounidense, un asunto aparecido en la prensa norteña en 1886. Martí dedicó entonces varias crónicas, dirigidas a los principales diarios sudamericanos, a dilucidar la verdad en torno al llamado caso Cutting. Este individuo, con el respaldo de ciertos poderosos, intentó crear un incidente fronterizo entre Estados Unidos y México que estuvo a punto de desembocar en guerra. Si aquel hecho no prosperó fue por la entereza y sabiduría diplomática del gobierno mexicano, correspondida por el presidente de Norteamérica Stephen Grover Cleveland. Martí establece aquí una interesante asociación, pues de la actitud egoísta y despectiva de un importante sector de la sociedad estadounidense hacia los pueblos de Nuestra América, y de la ligereza y mala fe de buena parte de la prensa, se derivó el agravamiento del conflicto.

En el texto de Vindicación de Cuba alude a la actividad de los emigrados cubanos dentro de los Estados Unidos y en otros países, donde han sobresalido en las más diversas labores. En un extenso párrafo, en el que pasa revista a los más notables, dice a mediados del mismo:

“En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos con clientela del país, ingenieros de reputación universal, electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos. El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua”.[5]

Es muy significativo que Martí avecine la evocación de José María Heredia con todos estos ejemplos de exitoso desenvolvimiento económico. Observemos que lo sitúa incluso antes que el prestigioso ingeniero matancero Aniceto G.

Menocal, muy respetado en las altas esferas gubernamentales y técnicas estadounidenses. Contrastar ambas personalidades, el hombre de imágenes y rimas con el de cálculos y diseños, nos lleva a pensar en algo que el propio Martí escribiera dos años antes, en su memorable semblanza dedicada a Walt Whitman:

“¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? [...] La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que haya perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”.[6]

Y es que Heredia, fundador de nuestro romanticismo literario y del primer independentismo cubano, encarna mejor que ningún otro, por convicción y por sentimiento, el amor a Cuba del que Martí se siente depositario y continuador, y que ambos cantaran en sus versos más vibrantes. Esa cubanía raigal es la que sustenta, en definitiva, la vocación independentista, nunca negociable, y la defensa de la soberanía nacional.

Valgan estas breves consideraciones en torno a Vindicación de Cuba, uno de los textos más esclarecedores del antimperialismo y del ideario independentista de José Martí, como una invitación a su lectura, siempre oportuna y provechosa.

*Investigadora del Centro de Estudios Martianos

[1] José Martí. Vindicación de Cuba. (Ed. Facsimilar, tomada del fo­lleto Cuba y los Estados Unidos, El Avisador Hispanoamericano, Pu­bli­shing Co. 1889), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, p. 3.

[2] Ibídem, p. 9.

[3] Referencia a la victoria de los estados del Norte sobre los confederados del Sur durante la Guerra de Secesión de Estados Unidos.

[4] José Martí. Vindicación de Cuba, ed. cit., p. 10.

[5] José Martí. Vindicación de Cuba. ed. cit., p. 12.

[6] José Martí. El poeta Walt Whitman. Obras Completas, editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  t. 13, p. 135.

 https://www.granma.cu/cuba/2016-04-10/vindicacion-de-cuba-marti-y-la-campana-mediatica-estadounidense-10-04-2016-21-04-41