Iñigo Sáenz de Ugarte.─ La diplomacia no es un asunto para aficionados. En países en guerra o en mitad de un gravísimo conflicto político y social, aún menos. Coger un avión, hacerse unas fotos, pronunciar unas declaraciones a favor de uno de los dos bandos enfrentados y volverse a casa un par de días después no servirá para mucho en una crisis profunda. Es muy probable que sea contraproducente en la medida en que sólo consiga enconar los ánimos. Si existe la posibilidad por pequeña que sea de iniciar un proceso de diálogo, es también posible que la aparición de un político extranjero tenga como efecto anular esa opción. Nadie puede estar completamente seguro. En cualquier caso, el precio es muy alto para estos experimentos.
