En la lógica de Washington, América Latina y el Caribe vuelven a ser concebidos como un espacio estratégico propio, una zona donde Estados Unidos se arroga el derecho de definir límites, alianzas aceptables y modelos políticos tolerables. Esta visión, heredera directa de la Doctrina Monroe, reaparece hoy revestida de un lenguaje contemporáneo: seguridad hemisférica, estabilidad regional y lucha contra amenazas transnacionales.
Cuba, en ese marco, es presentada de forma recurrente como un actor problemático. El discurso estadounidense asocia a la isla con inestabilidad, alianzas incómodas y la influencia de potencias extrahemisféricas. La amenaza no siempre se expresa de manera explícita; muchas veces adopta la forma de advertencia, de presión económica (nunca olvidar el bloqueo recrudecido) o de recordatorio de las consecuencias de no alinearse con los intereses de Washington.
El ataque directo contra Venezuela cumple aquí una función clave. Comunicacionalmente, opera como un mensaje implícito dirigido también a Cuba: demuestra hasta dónde puede llegar Estados Unidos cuando decide pasar del discurso a la acción. Venezuela se convierte así en un ejemplo, en una señal de poder destinada a disciplinar a otros actores del escenario regional.
Frente a este discurso, la respuesta cubana se articula alrededor de conceptos conocidos pero aún vigentes: soberanía, autodeterminación y resistencia. La comunicación política de La Habana rechaza cualquier forma de negociación bajo amenaza y denuncia el carácter coercitivo de la política estadounidense. No se trata solo de una réplica diplomática, sino de una estrategia orientada a la invaluable unidad nacional, y a interpelar a la opinión pública internacional.
Estados Unidos no extiende puentes hacia la Isla, la guerra económica desatada contra el pueblo cubano, por tanto, no se libra únicamente en el plano económico o militar. Se libra también,y de manera central, en el terreno simbólico y comunicacional. Washington busca legitimar su política de presión presentándola como una defensa del orden regional; Cuba responde cuestionando esa narrativa y recordando los costos históricos del intervencionismo.
En este escenario, las amenazas de enero deben interpretarse como parte de una estrategia de poder más amplia, orientada a condicionar comportamientos y redefinir alineamientos en el continente. La comunicación no es un complemento de esa estrategia: es uno de sus instrumentos principales. Entenderlo así resulta clave para leer el momento político que atraviesa la región y los desafíos que se avecinan.

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