¿Qué son esas banderas rojas?

Alberto Buitre.- Una voz en medio del contingente se alzó para dar un pase de lista: “Comandante Camilio Cienfuegos”. Y un coro respondió sacando fuerza del vientre, elevando un grito que parecía romper el aire: “¡Presente!”. Luego, la voz continuó: “Comandante Ernesto Guevara de la Serna”. Y antes que el viento volviera, la consigna volvía a quebrar su resistencia: “¡Presente!”, se oyó, mientras la marcha de comunistas avanzaba sobre avenida Reforma, como un barco napoleónico rasgando el océano, blandiendo sobre troncos como brazos poderosos inmensas velas rojas de punta a punta; las banderas del Partido Comunista. Marchaban para rendir honor a la Revolución Cubana, a 60 años del Asalto al Cuartel Moncada que desatara por los seis años siguientes la revuelta que destronara a la tiranía y de la mano de Fidel Castro Ruz, colocara la voluntad de los humildes de Cuba en la silla del Palacio presidencial.

La militancia partió del histórico Hemiciclo a Benito Juárez, dedicado al héroe de la Reforma, el Presidente que de 1862 a 1866 organizó a grupos guerrilleros sobre toda la Sierra Madre Oriental mexicana para vencer la invasión francesa, el entonces Ejército más poderoso del mundo. Un héroe latinoamericano a la altura de José Martí, el apóstol que le diera a Cuba su primera independencia de los españoles en 1898 y que fuera el “autor intelectual” del Moncada, como así lo declarara el Comandante Fidel Castro en su histórica defensa “La historia me absolverá”, tras ser apresado por el fallido asalto del cuartel militar de Santiago.

El destino fue la Embajada de Estados Unidos. Símbolo del imperialismo y la intervención genocida. Desde el Hemiciclo, sobre Avenida Juárez, cruzando la Avenida de los Insurgentes y hasta avenida Reforma, el bloque del Partido Comunista de México parecía sellar así la memoria y su inevitable destino. El mismo de los juaristas, de la insurgencia independentista y de la guerrilla anticolonialista. Paso a paso, los héroes parecían unírseles. Coro a coro. Como una fuerza invisible parecida a una ráfaga de viento que empujaba la marcha, estirando las banderas, haciendo del martillo y la hoz un motor de acero. Les alentaba hacia la historia combatiente mexicana. Hidalgo, Morelos, Zapata, Villa, Arturo Gámiz o Rubén Jaramillo, al lado del contingente rojo; y luego, Camilo, el Che, Almeida, Mella, y también Manuel Marulanda, Raúl Reyes y Alfonso Cano, habitando una bandera de las FARC-EP, que como en cada manifestación del PCM, ocupa su lugar en medio del grupo, justo en el corazón.

Un piquete de policías del Distrito Federal resguardaba la Embajada estadounidense; pero por dentro; amotinados con armadura antibalas, dispuestos a defender a un régimen que, no obstante, jamás les daría visa para entrar a ese país. Y sin embargo, ahí estaban, esclavos , con el rostro quemado por el sol, con las cicatrices que deja la inmundicia de la violencia y marcado por las botas de quienes les oprimen, mirando sin comprender aquello ¿Qué son esas banderas rojas? ¿Qué son esos rostros alegres y decididos? ¿Qué son esos puños como lanzas, y esas dignidades como escudos?

“¡Fidel, Fidel, qué tiene Fidel que los imperialistas no pueden con él!” “¡Cuba sí, yanquis no!”, cantaban los comunistas, con imágenes del Che, de Raúl y del mismo Comandante en Jefe, montadas como estandartes, rostros que rompían el reflejo de las ventanas de la Embajada y la dejaban sin brillo, así en México, como en Cuba, como en el mundo.

Red Globe

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