No es algo que surja de la nada. Nunca lo ha sido. Detrás del reciente crecimiento digital de mensajes pro anexionistas –esos memes que anhelan una Cuba sin autonomía– hay una estrategia que es tan vieja como maliciosa: la del verdugo que sostiene la cuerda con una mano mientras, con la otra, apunta a la víctima y le dice: «Mírate, no eres capaz de respirar».
Es un plan siniestro que, en esencia, ya había sido esbozado en su momento por un genio del mal: Allen Dulles, mente maestra de la CIA y diseñador de operaciones orientadas a sofocar revoluciones. Su lógica, que ahora se expresa de manera digital, pero que es igual de cruel, sigue presente: Aprieta el cerco hasta que la economía se ahogue. Espera a que la necesidad golpee los hogares. Luego, cuando el sufrimiento borre la memoria histórica, introduce la idea tóxica: «El problema no es el cerco, es el sistema. La solución no es la autonomía, es la anexión».
Es un espectáculo de desesperación dirigido desde oficinas con aire acondicionado en Washington y Miami. Primero, asfixian a un pueblo con una guerra económica total –un bloqueo intensificado, financiamiento del desabastecimiento, persecución bancaria–, y después, cuando la madre no puede conseguir alimentos para su hijo o el médico no tiene medicinas, surgen los influencers del derrotismo a decir: «Mira, si fuéramos el estado 51, esto no pasaría».
Quieren que seamos tan víctimas que lleguemos a entender la lógica de nuestros opresores. Que consideremos como «sentido común» lo que es un crimen de lesa humanidad, que el cerco es un hecho inalterable del entorno, y que la única alternativa es arrodillarse ante quien lo impone. Es la colonización de la mente, el último espacio que falta por conquistar.
Los perfiles que hoy fomentan la anexión no son «ciudadanos espontáneos». Son los soldados de cuarta generación en la guerra contra Cuba, los que atacan con sus teclados lo que sus predecesores no lograron en Playa Girón. Su munición es la desmotivación. Su objetivo, la dignidad. Su meta final, que Cuba, por agotamiento, pida ser lo que jamás ha sido: una colonia.
Sin embargo, hay una brecha en su plan malévolo. Subestiman la inteligencia de nuestro pueblo. Los cubanos son capaces de diferenciar entre el sufrimiento impuesto desde afuera y las equivocaciones propias que deben corregirse desde adentro. Ellos saben que el cerco es el principal verdugo de su economía, no un aspecto menor. Y lo más importante, conservan en la memoria colectiva el antídoto más eficaz: el recuerdo de que cada vez que la Patria ha estado al borde del colapso, ha sido la soberanía –no la capitulación– la que la ha salvado.
No permitamos que nos engañen con la desesperanza que vendan en píxeles. Cuando vean un meme que les ofrece el pasaporte americano como solución, recuerden la verdadera realidad. Es el mismo poder que les niega alimento, medicina y futuro, el que ahora les vende la ilusión de ser «ciudadanos de segunda» en su propia nación. La auténtica libertad no se solicita prestada a un Capitolio ajeno; se construye con las propias manos en el suelo natal.
No denominen esto como «diversidad de opiniones». Es una guerra mental, un ataque digital, un terrorismo a gran escala. El bloqueo actúa como un martillo, el ciberanexionismo, como un yunque. Juntos, buscan lograr la rendición de Cuba. Sin embargo, hay una realidad que ni los algoritmos ni el dinero podrán eliminar: Cuba no se rinde. Parece increíble que aún no lo hayan comprendido./Con texto de Granma.cu
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