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| Óleo de Herman Norman |
Introducción
Nuestra América, ensayo fundamental de José Martí, no es solo un texto político: es una cartografía ética, cultural y espiritual del continente. Martí escribe desde la urgencia histórica, pero también desde una profunda sensibilidad poética que le permite pensar América como un cuerpo vivo, plural, diverso.
Bajo la noción de Colorario Martí, propongo leer el ensayo como una composición de colores humanos, culturales y geográficos que se oponen a la monocromía del colonialismo, la imitación y el imperialismo. Martí no imagina una América uniforme, sino una unidad hecha de diferencias, donde cada pueblo aporta su tonalidad propia.
I. Contra el aldeano vanidoso: la ceguera del color único
Martí abre su ensayo con una de sus imágenes más célebres y severas:
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea.”
Esta frase funciona como advertencia y diagnóstico. El “aldeano” no es solo el habitante del pueblo pequeño, sino el gobernante incapaz de ver la complejidad del mundo y de su propio país. El problema no es la cercanía con lo local, sino la incapacidad de reconocer otros colores, otros matices de la realidad.
El aldeanismo reduce la paleta: gobierna con un solo color, desconociendo la diversidad social, étnica y cultural de América. Para Martí, esa ceguera es una forma de debilidad política que deja a los pueblos expuestos a la dominación externa.
II. Conocer es gobernar: el color propio como principio político
Uno de los núcleos más radicales de Nuestra América es la afirmación de que el buen gobierno nace del conocimiento profundo de la realidad americana:
“Gobernar es prever, y prever es conocer.”
Martí rechaza la importación mecánica de modelos europeos o norteamericanos:
“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país.”
Aquí emerge con fuerza el colorario: cada nación, cada pueblo, posee una tonalidad histórica específica -indígena, mestiza, africana, criolla- que no puede ser borrada sin provocar injusticia y fracaso político. Gobernar con leyes ajenas es, para Martí, pintar con colores que no corresponden al paisaje.
III. El desprecio de lo propio: el imitador como figura colonial
Martí es especialmente duro con las élites que desprecian su propio origen:
“El desprecio del aldeano por su aldea es el pecado capital.”
El imitador es una figura trágica: habla lenguas ajenas, adopta modas extranjeras, pero no comprende ni representa a su pueblo. Esta imitación no es neutra; reproduce relaciones coloniales y consolida desigualdades internas.
En términos cromáticos, el imitador intenta blanquear la realidad americana, ocultando su mezcla, su complejidad, su historia de resistencia.
IV. El gigante de las siete leguas: advertencia imperial
Uno de los pasajes más visionarios del ensayo es la advertencia sobre el poder emergente del Norte:
“Ya el gigante de las siete leguas está sobre nuestras tierras.”
Martí anticipa el peligro del expansionismo estadounidense y entiende que la debilidad interna -la desunión, la ignorancia de lo propio- facilita la dominación externa. Sin embargo, su respuesta no es el aislamiento, sino la unidad consciente:
“Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante.”
La imagen es poderosa: árboles distintos, de formas y colores distintos, que juntos crean un muro vivo de resistencia.
V. Unidad sin borramiento
La propuesta martiana no es homogeneizadora. Martí no pide borrar las diferencias, sino organizarlas en una armonía común. Su América es:
- indígena y moderna
- campesina y urbana
- mestiza, negra, blanca
- local y universal
Este es el Colorario Martí: una visión donde la identidad americana no es un color puro, sino una mezcla viva, un mosaico en movimiento.
“No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”
La “naturaleza” aquí no es solo el paisaje, sino el ser profundo de los pueblos, su historia encarnada.
En resumen:
Leer Nuestra América desde el Colorario Martí nos permite comprender que su vigencia radica en su defensa de la diversidad como fuerza política.
Martí nos enseña que solo reconociendo nuestros colores propios podemos dialogar con el mundo sin someternos a él.
De todo lo anterior se desprende que en tiempos de nuevas formas de dependencia cultural y económica, Martí sigue hablando con claridad.

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